La evidente desilgualdad con la literatura nacional, el figuero más que el intercambio, el vedetismo de Mayra Santos más que la sana coyuntura intelectual y de unión latinoamericana con todos los escritores nacionales que ella pudo haber propiciado Y NO LO HIZO, y peor aún, el contubernio ("porque no importa de donde nos venga la ayuda, hay que echar este proyecto pa'lante" como dijo alguna tarada recientemente aludiendo a Fortuño, a Santini y a los demás "generososo mecenas" de nuestra cultura.), destruye lo poquísimo que hubiera tenido de noble una gesta como esta. Como ella dice que yo "no le saco el puño de la cara" con mis críticas, (reclamando el protagonismo de mis disidencias, como si yo no tuviese nada más que hacer) pues me limité a firmar un excelente manifiesto que redactó mi hermano Daniel Nina y que hemos firmado sin condiciones algunos escritores puertorriqueños y que se publicó la semana pasada en Claridad, exigiendo que ese congreso se manifieste sobre nuestra actual debacle, como debe ser en todo congreso de escritores que se respete a sí mismo.
Pero aparte del genial artículo de Ana Lydia Vega, encuentro este de la colega Marta Aponte alsina que me parece tan excelente, que aquí se lo reproduzco sin su permiso. ¡Qué tino! ¡Qué verbo, carajo y que precisión de conceptos! Esto dice lo que yo hubiera dicho. Claro, yo hubiera usado mis amables "malas palabras". Pero, coño, esto es sencillamente genial... léanlo.
La palabra en pasarela
Marta aponte Alsina: http://angelicafuriosa.blogspot.com/2010/05/la-palabra-en-pasarela.html , 1 mayo 2010
El primer escritor que recuerdo haber visto, René Marqués, era guapo, prepotente, intimidante. ¡Qué manera de hablar como quien pisa fuerte! Imposible poner en duda su sitial de jefatura en la especie, para mí admirable, de los hacedores de libros.
Marqués debe haber sido el único escritor bello de su promoción. Los demás (para no hablar de los antecesores - Laguerre, Tomás Blanco, José Luis González) no hubieran ganado un concurso de galanes. Entre las mujeres las había no más agraciadas ni menos arrechas; por no herir sensibilidades sólo nombraré a Marina Arzola.
A juicio de la nerda, estofona, lectora enviciada y poco agraciada que fui y sigo siendo, a los escritores les interesaba el privilegio de la soledad. Un cuartito propio protegido por la intransigencia hacia cuanto apestara a falta de autenticidad –la pose era otra cosa, y algunos feos la manejaban magistralmente. No es que me reconociera en los destilados autoritarios de los padrotes de nuestra literatura de los cincuenta y los sesenta, pero sí rescato de ellos una imagen de lealtad al oficio.
Las esperpénticas e insobornables figuras de Sartre, Onetti, Woolf, Highsmith, vinieron a corroborar esta visión del lobo, o más bien del dodo estepario, confinado al calabozo del cuarto de trabajo, donde con dificultad y obstinación iba articulando una voz crítica capaz de decirle la verdad al poder. El maridaje entre falta de gracia y escritura no era constante (vg. el guapísimo Rafael Alberti, el lindo Vargas Llosa, la hermosa Clarice Lispector, el apuesto Luis Rafael Sánchez), pero siempre cabía reconocerse en un cuento de Benedetti sobre la nobleza de los feos, además de convertir en íconos de la intelligentzia la nariz de Neruda, con su soporífera voz pastosa, y el corpachón de Pedro Salinas.
Toda esta estética de la fealdad corporal, el desaliño y la dislocada sociabilidad del autor ha quedado atrás, barrida por el aire renovador de los premios, las maestrías en creación literaria, y ahora, los festivales literarios. Martín Caparrós, uno de los invitados “internacionales” al Festival de la Palabra de Puerto Rico declara en un artículo publicado en La Nación de Buenos Aires, que acepta las invitaciones a estos eventos:
“para juntar millas” y agrega que lo pasa muy bien. “Y creo es más importante que vender libros. En tres o cuatro días que dura un festival, te encontrás con gente interesante, que tenés ganas de ver, que te trata bien, y además conocés lugares y comés rico, que es una instancia superior del turismo”. Subraya el autor de A quien corresponda que los festivales “produjeron un cambio radical. Antes los escritores se reunían en congresos cerrados. Ahora se convierten en espectáculo. Se presentan con la lógica del espectáculo, por lo que se requiere una habilidad que no es literaria, sino teatral. Se vende al autor y no su obra”.
No sé si la mayoría de los autores que escriben en español tienen habilidad teatral, o si valoran, en efecto, ese circuito exhibicionista, pero ¿por qué no aprovecharlo? Es poco probable que vivan de la venta de sus libros, a la manera de los autores de éxito en países más inclinados a la lectura y dominantes en el comercio editorial. Los festivales literarios, además de ser esa plataforma chic donde se reina por unos días, representan, como confiesa candorosamente Caparrós, la posibilidad de viajar. Si para ello la avinagrada figura del escritor tiene que trocarse en la del autor capaz de hablar en sound bits y fotografiarse con los fans, eso no debe conmover a nadie en el ya antiguo tinglado del mundo espectacular. Supongo que los escritores que viajan más escriben en los vuelos transcontinentales, es decir, en el aire, el lugar por excelencia para variar rápidamente de escala.
Festejar en tiempos de guerra y miseria no carece de cierta picardía seductora e incluso desafiante. Nadie me quita lo viajado, bailado y devorado.
Lo que en vez de seducir repugna es la mano de capota y pintura que se ha dado a la situación política del territorio donde se realizará el Festival de la Palabra de Puerto Rico. En una carta de José Manuel Fajardo, director de Programación del F de la P de PR, a los editores invitados, se lee lo siguiente:
Por sus características únicas (es la primera vez que un festival de este tipo se va a celebrar en Puerto Rico y es también el primero de semejante amplitud que se organiza en territorio estadounidense con la declarada pretensión de constituirse en punto de referencia de esa circulación triangular de ideas y literaturas entre Estados Unidos, América Latina y Europa), estamos convencidos de que el Festival de la Palabra de San Juan de Puerto Rico puede resultar del interés de la editorial____. Es una plataforma ideal de entrada de la literatura en lengua española en Estados Unidos… Puedo asegurarte que la expectativa generada en todo Puerto Rico por el Festival de la Palabra no tiene precedentes y contamos, además, con el apoyo de las principales instituciones políticas y civiles de la isla, desde el propio Gobernador, la Alcaldía de San Juan y la cámara de representantes, hasta la Asociación Nacional (sic) de Maestros, las universidades públicas y privadas y señaladas entidades bancarias.
Por la misma línea va el artículo "La isla puente", de Karla Suárez:
Con una cultura mixta, Puerto Rico tiene una ventana abierta hacia Estados Unidos y otra hacia América Latina. Es una isla en la que se cruzan diferentes mundos, pero muchas veces sin tocarse. Por eso se ha creado el Festival de la Palabra de San Juan… Gracias al Festival de la Palabra Puerto Rico se convertirá en el punto de encuentro que es por su propia naturaleza… Todas estas palabras dichas, junto a los debates de los escritores y a las canciones que traerán los músicos, y sobre todo, junto a la palabra escrita que llegará con los libros, harán de Puerto Rico un puente de comunicación entre nuestras distintas culturas en un momento en que, y esto no hay que obviarlo, la nueva Administración del presidente Obama intenta promover el diálogo internacional. Ojalá que el libro y la palabra sean, efectivamente, los protagonistas del necesario diálogo del siglo XXI.
La mención de Obama no merece comentario de ser pensante, pero sí cabe una apostilla a la imagen del puente. La ancestral metáfora es un refrito de la primera época del ELA, cuando Puerto Rico fue lugar de encuentro del Punto Cuatro y recibía visitantes de países tercermundistas que se formaban en esta “vitrina de la democracia” junto a militares y agentes de inteligencia latinoamericanos. Ya en la década de los sesenta la vitrina estaba rota y el puente que tantos pisaran quedó clausurado en la década de los noventa con los tratados internacionales de libre comercio.
Desde Puerto Rico no se exportan libros a ninguna parte. No se exporta ni siquiera la sombra de una realidad superada por el devenir histórico. Salvo en esa década de la vitrina, cuando la cara fea y seductora de Muñoz adornó la portada de Time, la nuestra es una sociedad invisible. La variante estadounidense de imperialismo se ampara en pactos de silencio suscritos en complicidad desde aquí. El manto de invisibilidad no es de factura reciente. Concha Meléndez usó en 1940 una expresión que lo describe: Puerto Rico es una “tierra inadvertida en Hispanoamérica”.
Se me dirá que superar esa condición propia de la casi última colonia de un imperio santurrón, ciego y sordo es uno de los propósitos del F de la P. Conozco a la promotora del festival hace años y recuerdo que coincidimos en Nueva York en un encuentro tradicional de escritoras, allá por el 96 del 20. Ya entonces ella ambicionaba que Puerto Rico fuera sede de encuentros. Bien dotada está para este tipo de iniciativas. Lo que ha logrado en cuanto a la proyección de su persona y de su proyecto no hubiera sido posible sin carisma, talento, empuje y una ambición poco común en esta isla de quejumbrosos aplatanados.
Todo eso es plausible, siempre que no dependa de suscribir mentiras, como el interés de Santini y Fortuño en la cultura y de Lucé en El Quijote, o la imagen de Puerto Rico como plataforma de lanzamiento editorial o hipotenusa en la triangulación entre Estados Unidos, América Latina y Europa.
Vaya, en contraste, una enumeración de los crímenes de lesa humanidad y lesa cultura del gobernador que ofrecerá un desayuno protocolar a los caminantes de la alfombra roja. Comenzaron desde el momento mismo en que usurpó el poder con la ausencia de legitimidad de un golpista, armado con un discurso fraudulento y una engañosa mano suave. De inmediato confirmó su desparpajo desmantelando el Gobierno sin estimular la economía, decretando impuestos adicionales, desprotegiendo la reserva natural del Corredor del Noreste, eliminando como se aplasta una mosca molestosa al Fideicomiso del Caño Martín Peña, abriendo las arcas públicas a las “comunidades de fe” y a los consejeros intrigantes, encabezando una administración de mediocres corruptos y censores de libros, amparando narcolegisladores, descabezando al Festival Casals, intentando apagar cualquier amago de inteligencia en la UPR, administrando mal lo poco que queda y manteniéndose a flote con la misma frialdad imperturbable que lo llevó al poder.
Es irónico que de todos los gobernadores que hemos padecido sea este señor que no tiene palabra quien auspicie un magno festival de palabras. Quizás lo juzgamos mal y en verdad no se trata de un seso hueco insensible; después de todo le gustan el jazz y las ensaladas.
Los escritores de afuera llegarán, deslumbrarán con su talento histriónico (los que lo tengan) y se irán. Los de aquí no tenemos por qué conformarnos con ser feos solitarios de manos limpias, pero si algo deberíamos entender por virtud del oficio es la relación entre palabra y poder; lo mal que queda retratarse en esos espacios prime, a la sombra de los viajeros famosos, acaso ingenuamente, como el idiota de la familia, mientras el país colapsa.