UPR, el Refranero, Blancanitos y los siete enanieves.
(Para el amigo Roberto Ramos Perea)
Por Marcelino J. Canino Salgado
El pasado martes 18 de mayo en la mañana, el radio periodista Rubén Sánchez entrevistó conjuntamente al Presidente de la UPR, a la Presidenta de la Junta de Síndicos y a los representantes estudiantiles universitarios que dirigen la huelga. Cuando el moderador Sánchez pidió a la Sra. Presidenta de la Junta de Síndicos que reaccionara a los comentarios de los estudiantes, ésta, inquieta y nerviosa, turbada tal vez por el disgusto de estar sentada en la misma mesa que los estudiantes, se expresó: -“Mira, Rubén, es que no hay peor ciego que el que no quiere oír”. El lapsus lingue de la Sra. Presidenta, que quiso hacer gala del conocimiento del Refranero Hispánico, fue motivo de burla de varios radioescuchas y sobre todo del productor y humorista Jacobo Santarrosa, quien a mandíbula batiente todavía a las 6 de la tarde del mismo día, puntualizaba el hecho y se reía de la equivocación de la distinguida Sra. ¡No era para tanto!
En realidad, muchas personas emplean el refranero como vehículo que los acerca en sus discursos a las clases humildes, a los que preenjuiciadamente consideran más ignorantes. En El Quijote, Sancho Panza suele verter largas parrafadas en refranes de tradición oral, y en no pocas ocasiones, don Alonso Quijano le corrige y advierte sobre el uso de los mismos, diciéndole:
“También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes que sueles; puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias”. Seguidamente Sancho trata de justificarse, pero don Alonso añade: -“ Mira Sancho, no te digo yo que me parece mal un refrán traído a propósito; pero cargar y ensartar refranes a troche moche, hace la plática desmayada y baja” ( Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, II parte, Cap. 43)
La entrelínea de Cervantes es clara, clarísima, luminosa…
Si el caso hubiese sido en un texto escrito, no en la lengua oral y en el contexto que ocurrió, entonces el análisis hubiese sido otro. Le llamaríamos sinestesia( entrecruce de los sentidos) si hubiese ocurrido con finalidad literaria o estética. Tal vez este lapsus lingue podría entenderse como una especie de metátesis mental. Como fue el caso de un niño superdotado que creyó que leer los cuentos que le daban en el segundo grado de primaria eran una imbecilidad y los enriquecía lingüísticamente con ingeniosos cambios de títulos como Blancanitos y los siete enanieves los que enfurecían a la maestra que terminaba disparatando porque tenía que demostrar sosiego y ecuanimidad ante los demás estudiantes y ante el grupo de padres de la escuela. La admirable maestra, proclive siempre al orden y a la corrección cívica, se pasó la vida recordando mal al refranero: “No por mucho madrugar da sueño más temprano”. “El que mucho aprieta poco abarca”. “A caballo regalado no se le llama romero”. “No se le pueden tirar becas a las perlas”. Y nunca, nunca pudo la buena señora recitar el trabalenguas que decía:
Yo tengo una changa larguipezcuecipelicrespa
y la quiero deslarquipezcuecipelicrespar,
todo aquel que me la deslarguipezcuecipelicrespare
buen deslarguipezcuecipelicrespador será.
Este ejercicio fonético calma las tensiones y ayuda, por otro lado, a disciplinar a la sinhuesos. El folclore, por ser el acervo de valores colectivos, los niños y las almas puras tienen muchas cosas que enseñarnos.