lunes 4 de octubre de 2010

ROMEO Y JEANETTE De Jean Anouilh Versión de Roberto Ramos-Perea

Acto primero

Un lugar sombrío.

Una gran escalera.

Entran, con un poco de luz, JULIA, FREDERIC y su madre.

JULIA. - Dejan siempre todo abierto. (Grita.) ¿Están ahí? (No hay respuesta. Desaparece al fondo. Se la oye gritar de nuevo.) Papá, Lucien... Jeanette. ¡Hola! (La madre y Frederic se han quedado en escena, de pie. LA MADRE mira a su alrededor.)

LA MADRE. - Parece que no nos esperan.

JULIA. - (Entra.) Hable con ellos por teléfono el lunes. (Se acerca vivamente a la mesa, levanta un bulto de ropa.) Son muy desordenados los tres.

LA MADRE. - Ya lo veo. ¿Puedo sentarme?

JULIA (Se precipita). - Claro que sí, mamá... (Julia confundida busca una silla)

FREDERIC: ¡Aquí hay un sillón!

LA MADRE. (Mira la hora y dice con desgana) Son las doce menos diez.

JULIA (enrojece más, si es posible). - Si. No entiendo. Saben que el tren llegaba a las once.

FREDERIC: - Tal vez fueron a buscarnos por otro camino.

JULIA. - No. Con la marea baja, siempre toman por la arena a través de la bahía. Nos hubiéramos cruzado con ellos.

LA MADRE. - Además, aunque su padre y su hermano hubiesen venido a buscarnos a la estación, su hermana debería haberse quedado para vigilar el almuerzo.

JULIA - Claro.

LA MADRE. - Pero quizá no hay almuerzo que vigilar.

FREDERIC: Quizá tenían intención de llevarnos a un restaurante.

JULIA (todavía más desdichada}. - No hay restaurante en el pueblo. Sólo hay un almacén y un bar.

LA MADRE. - Tendremos que regresar. (Una pausa. Comprueba.) Son las doce menos cinco.

JULIA - A esta hora la marea sube de repente y casi llega al camino, sería peligroso...Habría que ir bordeando todo el pueblo y es más largo.

LA MADRE. - ¿Mucho más largo?

JULIA (después de una vacilación). - Sí. Cerca del doble. (silencio.)

FREDERIC: Mamá ¿por qué no vas al almacén y compras algo, eh?

LA MADRE (alzando los ojos al cielo). - Cristo. ¿Qué se puede comprar en un almacén? ¿Latas de sardinas?

JULIA (da un paso). - Mamá, lo siento muchísimo. Yo voy.

LA MADRE. - No, Julia, usted es más necesaria aquí. ¿Traigo para ellos?

JULIA (sufriendo). - Pues... no sé. No sé dónde podrían almorzar. (La madre sale con un gesto)

JULIA. - Me lo sospechaba. ¡Son terribles! Estoy segura que se fueron cada uno por su lado esta mañana. (Fréderic ríe) ¡Oh, no te rías! No te rías. Tengo mucha vergüenza. ¿Por qué quiso tu madre que viniéramos? ¡Como si hiciera falta pedir mi mano!

FREDERIC: - ¿Te dan tanta vergüenza? ¿Qué puede tener de extraño tu familia?

JULIA. - Lo verás bastante pronto. (Estalla de pronto con rabia.) ¡No hicieron el almuerzo! ¡Ni siquiera han limpiado! Se marcharon cada uno por su lado y volverán a cualquier hora, vestidos de cualquier manera. ¡Y tu madre aquí sin nada que comer! Hasta les mandé dinero.

FREDERIC: - Vamos a ordenar un poco los dos, ven.

JULIA (grita en lágrimas). - ¡No! ¡Quiero llorar de rabia! Quiero que me encuentren aquí llorando como una loca. ¡Que se avergüencen una vez ellos también! ¡Ya ves, quisiste conocerlos y ahora no me vas a querer más!

FREDERIC: (riéndose). - ¡Ya está, ya no te quiero!

JULIA (se arroja en sus brazos). - No soy como ellos, ¿sabes? Cuando era muy pequeña, yo era la que barría y la que fregaba mientras mi madre se pasaba todo el día mirandose al espejo. Yo era quien obligaba a papá a afeitarse, a ponerse camisas limpias. Ya verás, ¡ni siquiera se habrá afeitado!

FREDERIC: - No sabemos, hoy es domingo.

JULIA. - Papá lo único que hace es jugar cartas con los borrachos del bar y Jeanette... se pasa corriendo con cuanto hombre se encuentra por ahí. Se pinta el pelo de verde y tiene argollas en todo el cuerpo como una salvaje.

FREDERIC: (suavemente). - Pero yo no me caso con tu hermana.

JULIA. - No te burles de mi.

FREDERIC: - ¿Y tu hermano, qué dice?

JULIA. - Desde que se separo de su mujer vive aquí. Pero lee todo el día, encerrado en su cuarto. Antes trabajaba, era el primero en la escuela, quería ganar dinero. Ahora rechaza todo. No es culpa nuestra si su mujer ya no lo quiere.

FREDERIC: - ¿Y tu mamá, cuando vivía?

JULIA (se pone como un tomate, dice de pronto). Mamá no ha muerto. Te mentí; se marchó con un dentista. Ya está. Ahora te dije eso también. Detéstame.

FREDERIC: (la toma en sus brazos). - ¡Tonta, querida tontital

JULIA. -¿No sería mejor irse ahora mismo? Tengo tanto miedo.

FREDERIC: (La sujeta junto a sí). - ¿Miedo de qué?

JULIA. - Miedo de que estés aquí, justamente. Tú eres tan claro. Estás tan lejos de ellos. ¿Y si llegas a creer que me parezco a ellos?

FREDERIC: (la estrecha un poco mas). Conozco a mi hormiguita.

JULIA. - Tu hormiguita se va a morir de vergüenza.

FREDERIC: Nadie se muere de vergüenza.

JULIA. - Dices también que nadie se muere de amor. ¿De qué se muere, entonces?

FREDERIC: - No sé. Yo también me lo pregunto. (La besa. Lucien aparece bajando del primer piso, un libro en la mano. Los mira besarse sin decir una palabra. De pronto JULIA lo ve y se separa.)

JULIA. - ¿Cómo? ¿Pero estabas aquí?

LUCIEN.- Siempre estoy aquí cuando se besan, es lo peor que podía suceder. Desde que soy cornudo, no puedo dar un paso sin encontrarme con el amor... ¡Y me dan asco las gentes que se besan! Pero sigan. No se incomoden por mí. Miento. En el fondo, es un placer sombrío. Y me digo: "Vaya! ¡Otros dos que se acaban de joder!”

JULIA. - ¿Así es como saludas? ¿Te traigo a mi novio y lo recibes con esa grosería?

LUCIEN.- (glacial). - Buenos días, señor.

FREDERIC: (le tiende la mano). - Buenos días.

LUCIEN.- (comprueba). - Es cortés.

JULIA. - ¿Me oíste llamar hace un rato?

LUCIEN.- Sí.

JULIA. - Y ni te moviste.

LUCIEN.- ¡Error! Me moví cuando no oí nada más, esperando que ya se hubieran ido. Me moví también porque tenía hambre. ¿Crees que almorzaremos?

JULIA. - ¡Almorzar! Ja. ¿Dónde están los otros?

LUCIEN.- hace un gesto). - Nunca se sabe dónde están los otros. . . Apenas se sabe dónde está uno mismo ¿No es cierto, estimado señor? Usted me agrada. ¡Franco, leal, honrado, limpio, siempre adelante, taratatá taratatá, un verdadero soldado! ¡Será un excelente cornudo!

JULIA (grita). - ¡Lucien!

LUCIEN.- Un cornudo alegre. Son los mejores. Yo soy un cornudo triste.

JULIA (se le acerca, lo sacude) - ¡Lucien! Te crees gracioso y eres detestable. Te crees original y eres lo más vulgar del mundo.

Lucien - ¿Es que no tengo derecho a ser un desgraciado? ¿Es que la felicidad es obligatoria?

JULIA. - Te olvidas que fui yo quien te sonó la nariz, quien te lavó los pies sucios y te dio la sopa cuando eras así de grande. Te conozco. No eres tan malo como quieres parecer. Así que escúchame. No porque Denise te haya abandonado y seas infeliz, debes tratar de impedirme que yo sea feliz. Vine aquí con mi novio y su madre, para decirles que me voy a casar. Fréderic lo comprende todo. Pero está su mamá, que seguramente no podrá comprenderte aunque se le explique que realmente sufres. De modo que trata de estar limpio dentro de un rato, peinado y comportarte de un modo conveniente. (Dice de pronto, lastimera.) ¡Te lo ruego, Lucien! ¡Te ruego que no dañes mi felicidad!

LUCIEN (despacito). - Cuando me piden algo amablemente, no sé negarme. Voy a ponerme el frac. (Desde la escalera dice amable a Frederic.) Tiene usted suerte. Esta muchacha es buena. Fastidiosa, pero buena. (Sale.)

FREDERIC: Debe de haber sufrido mucho.

JULIA. - ¡Es odioso!

FREDERIC: - Es amable.

JULIA. - ¡Ah, siempre lo disculpas todo. Yo hubiera preferido tener un hermano bien educado. (Entran la madre de FREDERIC y EL PADRE con los brazos cargados de latas. EL PADRE hace un gesto teatral.)

EL PADRE, - ¡Efecto teatral! ... Nos encontramos en el almacén. Yo estaba vaciando una canequita con Próspero. Y viene y me dice: "Mira quién entra". Yo veo el vestido, el paraguas; tengo un pensamiento. Me levanto: "Suegra, encantado de serle presentado". Todo el bar abría los ojos como platos. (A Julia.) Tuve que dejarle pagar las latas, no llevaba un centavo encima. Tendrás la amabilidad de devolvérselo, hijita. ¡Si, si, invito yo! Estimado señor, encantado.

JULIA. - Papá es un charlatán.

LA MADRE (que deja las latas). - Ya lo he visto.

EL PADRE - ¡Pero cómo! ¿La mesa no está puesta? ¿No hay vino? ¿Cómo es eso?

JULIA. - Iba a preguntártelo, papá.

EL PADRE. - ¿A preguntármelo a mí? (Grita, terrible.) ¿Dónde está Jeanette?

JULIA. - También iba a preguntártelo.

EL PADRE. - ¡Es horrible! (Se vuelve hacia LA MADRE a quien con un gesto circular invita a sentarse en el canapé; con otra voz.) ¿Cuántos hijos tiene usted?

LA MADRE. - Once, pero ocho vivos.

EL PADRE (hace un gesto). - ¡Ocho vivos! Le quedan siete de repuesto. Yo que sólo tengo tres, nunca encuentro uno. (Grita, terrible). ¿Dónde está Lucien?

JULIA. - En su cuarto.

EL PADRE. - Ya lo ve. Estoy solo. ¡Es triste para un anciano! Afortunadamente tengo a ésta. Es el báculo de mi vejez. Aunque ahora, si se casa con su hijo, será suya. ¿Entonces tú nos harás un buen almuerzo, hijita?

JULIA (severa). - ¿Tienes vino?

EL PADRE .- No sé dónde tenía la cabeza ...

FREDERIC: (riendo). - No se preocupe, voy a buscar. Valor, Julia. (Sale.)

EL PADRE (mirándolo salir). - ¡Es encantador ese muchacho, mis felicitaciones! (Se instala en el diván.) ¿Así que estás contenta de volver a ver a tu viejo papá?

JULIA (que se lleva las latas de comida a la cocina). - Estaría contenta de encontrar la mesa puesta y la casa limpia.

EL PADRE (guíña el ojo a LA MADRE). - Está encantada. Además, la casa no está tan sucia. Lo que le parece desorden, hablando con propiedad, no es desorden. Es naturalidad. Yo soy un viejo artista. Necesito cierta, naturalidad a mi alrededor.

LA MADRE. - ¿Dónde están los platos?

EL PADRE.- No sé.

LA MADRE. - ¿Y qué hace cuando quiere comer?

EL PADRE. - ¡Los busco! Mire, aquí tiene tres. ¡Pero están sucios! Bah, no es gran cosa, queso. Raspándolos y ya... (LA MADRE le arranca los platos de las manos y, se dirige a la cocina gritando.)

LA MADRE. - ¡Búsqueme otros!

EL PADRE. - Haré lo posible, señora. (Sólo busca un instante, se desalienta en seguida y se sienta en el sillón; saca un cigarro del bolsillo, muerde la punta, gruñendo.) ¡Búsqueme otros... búsqueme otros! Esa mujer es un dragón. ¡Qué lástima Una mujer tan linda... (LA MADRE vuelve y comienza a barrer alrededor de él.)¿Sabe? Yo soy un optimista. Creo que todo se arregla siempre.

LA MADRE (agria). - Si. ¡Cuando los otros se encargan!

EL PADRE. - En realidad, sí. Los otros siempre se encargan de lo más bien.

LA MADRE (se detiene de pronto). - Tengo cuatro granjas. Sin contar la casa de la ciudad, y el chico se ha graduado de notario. No se le ocurre preguntarme por qué se lo doy a Julia que no tiene nada.

EL PADRE. - Yo no me pregunto nada. Estoy encantado.

LA. MADRE. - Julia es una buena muchacha, trabajadora, honrada, económica.

EL PADRE. - Mi vivo retrato.

LA MADRE. - Sé que usted no tiene un centavo para darle.

EL PADRE (categórico). - ¡Yo, señora apoyo los casamientos por amor! Siempre terminan mal, pero antes de que terminen son más divertidos que los otros. Y yo considero que hay que ser feliz, suceda lo que suceda.

LA MADRE. Hay que ser trabajador y serio.

EL PADRE. ¿Y a usted no le parece seria la felicidad? ¿No le parece que es todo un trabajito? (A Julia que vuelve con platos, vasos, un mantel.) Tú quieres ser feliz, espero.

JULIA. - SI, papá. Y quisiera que todos me ayudasen.

EL PADRE. - ¡Cuenta conmigo, hijita! Soy un payaso, pero tengo buen corazón. (Entra Lucien, lleva un frac demasiado grande para él.)

LA MADRE. - ¿Quién es ése?

EL PADRE (se inclina). - Es mi hijo, señora.

LA MADRE. - ¿Es mozo de un café?

EL PADRE. - Es licenciado en derecho. ¿Dónde encontraste eso?

LUCIEN.- (sin reírse). - Es el tuyo. Me lo puse para honrar a la señora.

LA MADRE (a la defensiva). - Gracias. ¿Es usted el casado? ¿Dónde está su mujer?

LUCIEN.- - En viaje de bodas.

JULIA (grita). - ¡Lucien!

LUCIEN.-No, bromeaba. Está en Fátima. De peregrinación. Va a tener un niño.

JULIA. - Mamá, ¿quiere usted ayudarme? Necesito sus consejos en la cocina. (La madre sale)

EL PADRE. - ¿Y ese almuerzo, va marchando?

JULIA. - Ahora que estamos solos quería decirles que ya no podrán contar más conmigo.

EL PADRE. - ¡Obvio! En otros tiempos te hubiera dado una dote principesca.

JULIA (a Lucien). - ¿Tú qué has decidido?

LUCIEN.- - Espero una respuesta de la Costa de Marfil.

JULIA. - ¿Y si la Costa de Marfil no te responde nunca?, Me parece que con tus diplomas podrías encontrar trabajo en otra parte que no fuera África.

LUCIEN.- (burlón). - ¿Trabajar aquí en una oficina de cornudos que todo el día me hablarán del amor? Jamás. En plena selva con salvajes con cabezas como piedras, sin ninguna idea, realmente ninguna idea sobre el amor. ¡Y ni un blanco a cuatrocientos kilómetros! ¡En cuanto llegue la carta, cojo la maleta y adiós! Y no me escriban.

EL PADRE (clama). - ¡Los hijos son unos ingratos!

JULIA. -¿De que han vivido todo este tiempo?

LUCIEN.- De latas.

JULIA. - Contesten.

EL PADRE (fastidiado). - Jeanette siempre resuelve.

JULIA. - ¿Trabaja? ¿Qué hace?

EL PADRE (hace un gesto vago). - Tú sabes cómo es ella.

JULIA. - Lucien, ¡habla!

LUCIEN.- Tengo la convicción, querida, de que hemos vivido todo este tiempo de la generosidad del señor Azarias.

JULIA. - ¿El Azarias del castillo?

LUCIEN.- - Sí. La tierna criatura se larga al caer la noche y no vuelve hasta el amanecer.

JULIA (estalla). - Nada más me faltaba. ¡Y todo el mundo lo sabrá!

Lucien (burlón). - Todo el mundo lo sabe.

JULIA. - ¿Y eso es todo lo que se te ocurre decir? ¿Tu hermana es una puta y te ríes porque todo el mundo lo sabe?

EL PADRE (que fuma en el diván, con un gesto muy noble). - Perdónenme ¡Yo no lo sé! (En ese momento Frederic entra con las botellas. JULIA se le acerca gritando, como pidiendo auxilio.)

JULIA. - Fréderic, vámonos en seguida.

FREDERIC: -¿Por qué?

JULIA. - Llama a tu madre, dile que estás enfermo, dile cualquier cosa pero vámonos.

EL PADRE. - ¡Esta niña es un manojo de nervios!

JULIA. - Fréderic, tú eres fuerte. Vas por la vida riéndote, encontrándolo todo bien, todo fácil. Tú eres claro, no sabes nada. Desde pequeño tienes a tu mamá que refunfuña y limpia en tu casa limpia. Yo seré como tu mamá, Fréderic, yo seré como ella, te lo juro. Te daré una felicidad igual a tu felicidad de cuando eras niño. Y lo encontrarás todo en su lugar, todos los objetos, los sentimientos... en su lugar... siempre.

FREDERIC- (la mima). - Si, Julia.

JULIA. - Y cuando tengamos un hijo, tendrá una verdadera mamá como la tuya, una mamá de delantal, con pan y manteca y bofetones, con historias y días iguales, como el tic tac del reloj... no habrá desorden, ni malas palabras, ni noches frías en casas vacías, ni vergüenza.

FREDERIC.: (dulcemente). - Vamos, sécate los ojos, sonríe.

Q6. Se va Musica #2

JULIA (trata de sonreír). - No puedo, tengo demasiado miedo. (Entra LA MADRE. Se ha puesto un delantal encima del vestido de seda, trae un pollo que está desplumando.)

LA MADRE. - ¡Julia! A pesar de todo quizá consigamos preparar un almuerzo conveniente. Encontré un pollo en el jardín y lo maté. (Un instante de estupor en EL PADRE y en Lucien Lucien chilla de pronto, incorporándose.)

LUCIEN.- - ¡León! ¡Ha matado a León!

LA MADRE (mira el pollo). - ¿León? ¿Quién es León?

EL PADRE (se incorpora también, espantado). - ¡Coño! Ahora si que tendremos toda una garata...

LUCIEN.- (grita como un loco). - ¡León asesinado! ¡León occiso por la familia política! ¡Ah, el momento es prodigioso! ¡El minuto es único!

LA MADRE. - ¡Pero vamos, un pollo es un pollo! Mañana les mandaré una yunta, y más gordos.

LUCIEN.- ¡Dice que León no es más que un pollo! ... ¡No se da cuenta de lo que acaba de hacer!

JULIA. - Tus bromas no hacen reír, Lucien.

LUCIEN.- ¡Nadie tiene ganas de reirse aquí! Mira a papá.

EL PADRE- ¿No es posible reanimarlo, darle respiración artificial?

LUCIEN.- ¡Demasiado tarde! ¡Veo correr la sangre de León! León perece entre manos indignas. Y nosotros aquí, como el coro antiguo, impotentes, lívidos, mudos...

LA MADRE. - ¡Hagan callar a ese loco!

LUCIEN.- (clamade pie encima de la mesa). - ¡Demasiado tarde, señora! Las nubes se acumulan sobre nosotros. Escuche. Oigo rechinar la verja, las hojas de pino gimen bajo los pasos. ¡El destino reventará dentro de un minuto sobre esta casa! ¡Reventará, hijos míos, algo me lo dice, seguro reventará!

(JEANNETTE aparece en el fondo; se detiene al ver en seguida el pollo en las manos de la suegra. Todo el mundo la mira y ella sólo mira al pollo. Se oye a Lucien que murmura en el silencio.)

LUCIEN.- Ya está. Revienta... (Jeanette mira a la suegra, de pronto se pone en marcha hacia ella. EL PADRE lanza un grito con voz estrangulada.)

EL PADRE. - ¡Nenita, sé cortés! (JEANNETTE arranca el pollo de manos de LA MADRE. Lo sujeta contra sí, con los dientes apretados, terrible. Dice como en un sueño, con una voz que apenas se oye.)

JEANNETTE. - ¿Quién es ésa? ¿Qué hace aquí con sus manos llenas de sangre?

EL PADRE. - Nenita; ha sido un terrible malentendido.

JEANNETTE. - ¿Quién es ésa, toda de negro, con sus grandes ojos, su aire correcto? ¿Quién la ha traído aquí con sus manos de estranguladora?

JULIA (se adelanta). - ¡Jeannette, te lo prohibo! Es la madre de mi novio.

JEANNETTE. -(Sin dejar de mirar a LA MADRE). - Ah, ¿Y no le prohibiste que tocara mi gallo?

JULIA (grita). - No había nada para comer.

JEANNETTE (le grita sin mirarla). - ¡Había latas en el almacén! Sólo que tu suegra tenía que comer bien para hacer honor a la familia. Tenía que estar como idiota a la hora del café, y eructar cortésmente en su corset. Entonces lo corrió con el cuchillo y ustedes se lo permitieron. (Se vuelve hacia EL PADRE como una furia.) ¡Tú la dejaste! ... Eres tan cobarde. León te conocía, iba a encaramarse en tu hombro, a comer en tu mano!

EL PADRE. - Yo no oí nada.

JEANNETTE - Ojalá y todos revienten con ha reventado él.

JULIA. - Jeannette, ¡basta ya!

EL PADRE (a LA MADRE). - Discúlpela. Es cuestión de conocerla.

LA MADRE. - ¿De conocerla? Gracias. ¡Ya lo hice! (Se quita el delantal.) Julita, usted tenía razón. Hubiéramos podido ahorrarnos la molestia de venir a conocer a su familia. Fréderic, nos vamos. (Se dirige a la cocina. EL PADRE corre tras ella gritando.)

EL PADRE. - Calma, señora, calma... ¡Por fin íbamos a sentarnos a la mesa.

LA MADRE -(saliendo). - ¡Gracias! Comeremos al volver. En mi casa se pueden matar los pollos. (EL PADRE la ve salir con un gesto de desesperación.)

JULIA: (A JEANNETTE antes de seguirla). - Te detesto.

EL PADRE (a J EANNETTE) Un maldito pollo. ¡Después de todo no era más que un pollo como los otros, maldita loca! (Sale también. Sólo quedan JEANNETTE que sigue mirando al pollo, inmóvil, Lucien que baja de la mesa y Frederic que no ha dejado de mirar a JEANNETTE desde su entrada. Un silencio después de todo el ruido. FREDERIC, dice de pronto despacito sin moverse.)

FREDERIC: - Le pido perdón. (JEANNETTE lo mira; él sonríe un poco.)

JEANNETTE. - Estoy segura de que sintió miedo, estoy segura de que vio el cuchillo, y comprendió. Era tan inteligente. No pensaba más que en correr por el pasto, buscando gusanitos, tranquilamente... ¡Ah, cómo piensan en sus barrigas, en sus cochinas barrigas! (Mira a Frederic.) ¿Pero quién es usted?

FREDERIC: - Soy el novio de Julia.

JEANNETTE (lo mira,, desconfiada). - ¡Ah! El hijo de la otra.

FREDERIC: - Sí. Pero de, eso yo no tengo la culpa.

JEANNETTE: (que mira el pollo, acongojado). - Le hubiera gustado tanto convertirse en un gran gallo temible. Un verdadero gallo, con gran cresta roja, que despierta a todo el mundo por la mañana.

FREDERIC: (suavemente). - ¿Usted no come nunca pollo?

JEANNETTE (baja la cabeza). - Sí. Pollos que no conozco. Pero sé que también es injusto. He tratado de no comer más carne. No he podido.

FREDERIC: - Entonces usted tampoco tiene la culpa.

JEANNETTE (sacude la cabeza, sombría). - Si. Cuando sea vieja, cuando comprenda todo, como los demás, sé que también diré que nadie tiene la culpa. Debe de ser bueno admitirlo todo, disculparlo todo, no rebelarse nunca más. ¿No le parece que tarda hacerse viejo?

FREDERIC: (sonríe). - Basta con tener un poco de paciencia.

JEANNETTE. - No me gusta la paciencia. (Pausa.) Mi hermana le habrá dicho cosas sobre mi.

FREDERIC: (sonríe). - Sí. Muchas.

JEANNETTE. - ¡Bueno, pues todo es cierto! Y soy todavía peor. Y tengo toda la culpa. Yo soy la que hace todo lo que no se debe.

FREDERIC: (sonríe). - Lo sé.

JEANNETTE. - No tiene por qué sonreírme. (Pausa.) Tiene usted razón. Me como los otros pollos, ¿por qué no he de comerme éste? Voy a devolvérselo a la bruja. (Se va a, la cocina gritando.), ¡Tomen, aquí tienen el pollo, mujeres! ... ¡Desplúmenlo y cocínenlo si quieren! (Ha desaparecido. Frederic se vuelve hacía Lucien que no se ha movido, siguiendo toda la escena con su sonrisa ambigua, y le dice con voz que quiere ser divertida y que no lo es.)

FREDERIC: - ¡Es asombrosa! (Lucíen lo mira un segundo sin decir nada; luego se deja caer, bajando del canapé con una sonrisa.)

Lucien - Si. Y aún no termina de asombrarlo. (FREDERIC lo mira.)

Luces de Cambio y Música. Después de la cena. La habitación en penumbra. Al fondo, en la cocina, se ve a LA MADRE y a JULIA en sus tareas. En escena, EL PADRE que duerme en un sillón, con el cigarro apagado en la mano. Frederic y Jeannette, sentados lejos uno del otro de cada lado de la mesa despejada se miran. Más lejos, Lucien que contempla la noche. EL PADRE ronca ruidosamente; luego se detiene, pues Lucien tararera. Frederic y Jeannette desvían la mirada hacia EL PADRE, vuelven a mirarse y se sonríen por primera vez. Unas campanas lejanas.

FREDERIC.- El tren sale en una hora.

JEANNETTE. - Si.

FREDERIC: - ¿Cuándo nos volveremos a ver?

JEANNETTE. - El día de la boda. (Un silencio. Lucien se mueve de pronto y se hunde en la noche. Se le oye tararerar.)

FREDERIC: - Parece un atardecer de dentro de mucho tiempo, cuando vengamos a pasar aquí unos días con Julia. Será igual... Su papá se dormirá en el sillón. Julia en la cocina. Escucharemos la llegada de la noche.

JEANNETTE. - Nunca volverá aquí, usted lo sabe.

FREDERIC: - ¿Por qué?

JEANNETTE. - Julia no querrá volver jamás.

FREDERIC:(después de un silencio). - Entonces es un atardecer de hace mucho tiempo. Un antiguo atardecer que no quiere dejar de vivir y estamos recordando este crepúsculo tranquilo en que nos quedamos esperando, sin saber qué.

JEANNETTE (se incorpora, grita). - ¡Yo no me acordaré! Detesto los recuerdos. Son algo demasiado cobarde, demasiado inútil.

EL PADRE (despierta sobresaltado). - ¿Qué decías, nenita? No entendí muy bien.

JEANNETTE. - Nada, papá. Duérmete.

EL PADRE (volviendo a dormirse). - No duermo. Lo oigo todo.

JEANNETTE (detrás de él, en voz baja con la mirada perdida no sabe dónde). - Entonces, si lo oyes todo papá, escucha lo que va a decirte tu mala hija. No la otra. La otra nunca dice cosas vergonzosas. Siempre hace todo bien tu otra hija. Ella será feliz. No necesitará del recuerdo de una noche para más adelante, porque tendrá derecho a todas las noches, a toda la vida. Y cuando se muera tendrá derecho al recuerdo de su vida, y vivirá eternamente al lado de su buen Dios.

FREDERIC: (se levanta nervioso). - ¡Cállese!

JEANNETTE (grita primero). - ¡No, no me callo! (Luego se turba y dice.) ¿Por qué quiere que le obedezca? ¿Quién es usted para mí? (En ese momento un viejo, vestido con una esclavina oscura, aparece en el umbral con un telegrama. Grita)

EL CARTERO. - ¡Niños! ¡Niños!

EL PADRE (volviéndose en su sueño). ¡El correo, niños, el correo!.

LUCIEN (surge de la noche). - ¿Es para mí?

EL CARTERO. - Para tu hermana. Un telegrama urgente.

LUCIEN - ¿Cuándo será para mi, cartero?

EL CARTERO. - Cuando sea para ti, niño. (Desaparece en la noche.)

LUCIEN -¿Así que hay cosas urgentes que decirte? (Una pausa, aguarda. JEANNETTE toma el telegrama sin abrirlo.) ¿No lo abres?

JEANNETTE. - No. (Lucien hace un gesto y sale tarareando, después de vaciar un vaso de vino que hay sobre la mesa.)

FREDERIC.- ¿Por qué no lo abre?

JEANNETTE (lo rompe sin leerlo). - Sé todo lo que dice.

FREDERIC: - Tiene razón. ¿Acaso es asunto mío? La conozco desde esta mañana y me marcharé dentro de una hora.

JEANNETTE. - Y se casa con mi hermana el mes próximo.

FREDERIC.- Sí. (Se miran.)

JEANINETTE (pausa). - Es un telegrama de mi amante.

FREDERIC.- ¿El hombre que nos siguió esta tarde en el bosque?

JEANNETTE. - No, ése no. Ese no se atreve a escribirme. Es otro que cree tener derecho. Otro a quien voy a ver a su casa todas las noches.

FREDERIC.- ¿Y le escribe porque no lo verá esta noche?

JEANNETTE. - Ni esta noche ni nunca más. Le mandé un mensaje esta mañana para decirle que se acabó.

FREDERIC: - ¿Por qué lo deja?

JEANNETTE.- Porque de pronto me dio vergüenza ser suya.

FREDERIC: - ¿Y ayer?

JEANNETTE. - Ayer todo me daba lo mismo, tener un amante como él, andar desnuda por la playa, pintarme el pelo de colores, fumar, beber, endrogarme, ser fea.

FREDERIC: (sordamente). - Usted no es fea.

JEANNETTE. - El que nos siguió fue también mi amante y yo no lo quería. Y antes hubo otros, muchos otros desde que tengo quince años, y tampoco los quise.

FREDERIC:. - ¿Por qué se hace daño?

JEANNETTE. - Para que usted me odie, para que se case con Julia odiándome.

FREDERIC: ¿Por qué habla de ese modo si no podemos hacer nada?

JEANNETTE. - Nada mañana, no, nada en toda nuestra vida; pero todavía podemos hacer algo durante esta hora. Es larga una hora cuando es lo único que se tiene.

FREDERIC: (grita). - ¡Pero esta mañana yo quería a Julia!

JEANNETTE. - Sí, y seguramente todavía la quiere...

FREDERIC: - ¡Julia es buena, no debe sufrir!

JEANNETTE- Lo sé. Y también sé que mi recuerdo es el que debe palidecer en usted como una vieja fotografía. Sé que un día no recordará exactamente mis ojos - los ha mirado tan poco- y otro día, el día del nacimiento del prímer hijo de Julia... los olvidará para siempre.

FREDERIC: Me marcharé con Julia dentro de un rato y me casaré con ella, sí. Pero a usted no la olvidaré nunca. (Un silencio.)

JEANNETTE- (dulcemente, con los ojos cerrados). - ¿Hay que dar las gracias, no es cierto, como si una fuera pobre? (Otro silencio.)

FREDERIC: - Esta angustia que nos asaltó hoy no debe de ser amor, no es posible; pero ya no puedo borrarla de mi.

JEANNETTE.- (con los dientes apretados). - Yo sí. Desde mañana. ¡Se lo jurol

FREDERIC.- ¿Podrá?

JEANNETTE. - ¡Tendré que poder! Tendré que arrancarme mi mal, sola, como los animales se arrancan una espina de la pata. No quiero amar sin nada en los brazos. No quiero amar a uno y tener a otro.

FREDERIC.-¡Pero nosotros no nos queremos! ¡Ni siquiera nos conocemos!

JEANNETTE (sacude la cabeza). - Historias como la nuestra deben ocurrir todos los días; pero la gente se contentan con lanzar un gran suspirito pensando: "Lástima que nos hayamos conocido tan tarde" y se miran después con ojos golosos durante años.

LUCIEN.- - (Entrando) ¿Qué hacen, niños? ¿Mirando como ronca papá? (Se acerca.) ¿No se aburren mucho los dos solos? (Mira a las otras a quienes se ve pasar por el fondo en la, cocina iluminada.) Miren las hormigas. Frotan y friegan. No quieren que se diga que dejaron la cocina sucia... Cada uno pone su honor donde puede. ¿Dónde pones el tuyo, Jeanneton? (Un silencio; los otros no le contestan; va a la mesa a servirse un vaso de vino.) ¡Me encantan las amas de casa! Son la imagen de la muerte. Es cierto que si no gastaran su vida limpiando, ¿qué harían las pobrecitas? ¿El amor? (Se levanta.) No todo el mundo puede hacer el amor, no sería serio. ¿No es cierto, querido cuñado? (Se le oye reír en la sombra y se aleja por el jardín.)

FREDERIC: (sordamente, de pronto). - El amor. ¿No es también una lucha de cada día?

JEANNETTE: (Sonríe, cansada). - Pero no tan dura como hoy.

FREDERIC: (sonríe, cansado también). - Todavía queda la noche. Y después habrá que despertar.

JEANNETTE. - Yo no me moveré de mi cama en todo el día. Tapada hasta los ojos con las frisa... me haré la muerta hasta caer la noche.

FREDERIC: - Y muerto el primer día, quedarán los otros. (Grita de pronto.) ¡No podré! (JEANNETTE lo mira; él continúa.) Quiero luchar, sí, pero no contra esta parte de mi mismo que grita. Quiero luchar, pero no contra esta alegría. (La mira grita de nuevo.)

JEANNETTE. -¿Qué hubiera sucedido si usted me hubiese tan sólo rozado?

FREDERIC: - Hemos luchado todo el día sin tocarnos, sin atrevernos siquiera a mirarnos, sin un gesto, sin un grito... Ah, qué lejos está usted todavía. Y sin embargo, nunca más estará tan cerca... No debemos hacerlo. No debemos imaginarnos ni una sola vez uno en brazos del otro. . .

JEANNETTE (con los ojos cerrados, sin moverse.) - Mañana, no. Pero esta noche, yo estoy en sus brazos. (silencio; luego Frederic suspira también con los ojos cerrados.)

FREDERIC: - Es tan bueno, que no puede ser malo. (JEANNETTE tiene también los ojos cerrados. Hablarán así desde lejos, sin hacer un gesto los dos.)

JEANNETTE. - Sí, es bueno. (Otro silencio.)

FREDERIC: (en un soplo). - Me parece estar bebiendo agua. Qué sed tenía.

JEANNETTE. - Yo también tenía sed. (Un silencio; JEANETTE dice al fin, sordamente.) Quizá deberíamos llamarlos ahora. Despertar a papá o salir con Lucien, pero que haya alguien con nosotros

FREDERIC: (grita de pronto). - ¡Espere! Sufro demasiado. Yo tampoco sabia lo que era sufrir. (Abre los ojos, da un paso, pregunta.) ¿Quién es ese hombre?

JEANNETTE. - ¿Qué hombre?

FREDERIC.- Su amante.

JEANNETTE. (retrocede un poco en la sombra). - ¿Qué amante? Yo no tengo amante.

FREDERIC: - Acaba de decírmelo hace un instante. ¿Quién es ese hombre que usted va a ver todas las noches?

JEANNETTE. (grita). - ¿Quién le dijo eso?

FREDÉRIC. - Usted misma me lo dijo.

JEANNETTE. - ¡Le mentí! No tengo un amante.

FREDERIC.- ¿Entonces por qué me lo dijo? Yo creo todo.

JEANNETTE. - Para que me escuchara. Usted no pensaba más que en huir. ¡En intentar no quererme con todas sus fuerzas!

FREDERIC: - Y todas mis fuerzas me decían que no. ¿Qué decía ese telegrama?

JEANNETTE. - ¿Qué telegrama?

FREDERIC: - El que usted acaba de romper.

JEANNETTE.- Usted me asusta. Parece un juez. Se acuerda de que recibí un telegrama, de que lo rompí. ¡Se acuerda de todo!

FREDERIC.- ¿Qué decía ese telegrama? Contésteme.

JEANNETTE. - Ya lo vio. Lo rompí sin abrirlo.

FREDERIC.- Recoja los pedazos del suelo y léalos.

JEANNETTE. - No sé dónde están.

FREDERIC: - A sus pies.

JEANNETTE. - Está oscuro. No podría leer.

FREDERIC: - Encenderé.

JEANNETTE. (grita de pronto). - ¡Ah, no, por favor, no encienda! No me obligue a leer. No me obligue a mirarlo a la cara. Sería tan fácil creerme en esta oscuridad.

FREDERIC.- ¡No le pido otra cosa que creerle! Todo grita en mi que quiero creerle. Pero no puedo. Usted miente siempre. ¿Quién le ha enviado ese telegrama?

JEANNETTE. - ¡Ya ve, sigue preguntando, y no tengo más remedio que mentirle para ganar un poco de tiempo!

FREDERIC.- ¿Tiempo para qué?

JEANNETTE. - Todo es aún tan frágil. Soy tan pobre esta noche frente a usted. Mi equipaje es tan pequeño todavía. Soy una verdadera mendiga. Déme dos centavos de silencio.

FREDERIC.- No puedo.

JEANNETTE. - Entonces hágame otras preguntas... ¡Pregunteme por qué tiemblo cuando le hablo, por qué lloro cuando le miento, por qué me embrollo tanto, yo que estoy segura de todo y ...

FREDERIC: - Quiero saber quienes son los otros, quiero saber todo lo que puede hacerme daño.

JEANNETTE. (hace de improviso un gesto desesperado, grita). -¡Entonces, paciencia, usted lo ha querido! Tómeme o recháceme con mi vergüenza. Todo era cierto. Tengo un amante y él es quien me escribe para suplicarme que no lo abandone, y tuve otros antes, sin amor, sin saber que era preciso esperar por un buen muchacho en algún lugar de la tierra a quien no conocía y que yo le estaba robando su paz... Eso es todo. Ahora lo sabe, y sabe además que sólo sé mentir para defenderme. (Un silencio.) Siento que Julia debe de ser en este momento una gran mancha clara en el fondo de usted. Nunca podrá querer a esta mentirosa como ha querido a Julia, ¿verdad? (Añade en voz baja). Y sin embargo, con mi vergüenza y mis historias y mi maldad, soy en este momento, delante de usted, una muchacha sin ramillete, sin velos claros, sin inocencia... (Añade en voz más baja, si es posible.) Y estoy aquí... sólo para usted, si se digna a tomarla. (Frederic la besa. JEANNETTE se suelta con un grito de bestezuela herida y huye. El se queda solo, inmóvil, en la habitación oscura. LA MADRE entra.)

LA MADRE. - Esa cocina nunca habrá estado tan limpia. ¡Pobre Julia! Por ella me quedé esta mañana. ¡Gracias a Dios, hicimos lo que se debía; nos marcharemos y no volveremos en buen tiempo. ¿Qué tienes? Estás muy pálido. ¿Estás cansado?

FREDERIC.- No, mamá.

LA MADRE. -(Mira al padre). El viejo bandido duerme. Es el menos malo de los tres. ¿Has visto a la otra, a esa cochina que nos dejó hacer todo a Julia y a mí? Trataremos de que no venga a la boda. ¡Pobre Julia! (Vuelve a la cocina gritando a Julia, a quien se distingue en el fondo.) ¡Hay que dejar el resto, hijita, si no queremos perder el tren! (Desaparece con Julia en el fondo. Frederic no se ha movido. Una puerta se abre de pronto. Aparece JEANNETTE.)

JEANNETTE. . - ¿Qué vamos a hacer?

FREDERIC: - Hay que decírselo.

JEANNETTE. . - Me da vergüenza. Llámela usted.

FREDERIC: (llama casi en voz baja). - Julia.

JEANNETTE. - Más fuerte. No puede oír. .. (Grita.) ¡Espere! Está mal lo que hacemos.

FREDERIC: - Sí, está mal.

JEANNETTE. -Estamos aquí como dos asesinos que no se atreven a mirarse a la cara. Pero hay que hacerlo. Seria peor no decir nada.

FREDERIC.- Y mañana será demasiado tarde. (Llama en voz baja otra vez.) Julia.

JEANNETTE. - ¡Espere! Julia va a perderlo. Ya no lo tendrá más en sus brazos. Trato de imaginarme lo que es no tenerlo más en los brazos.

FREDERIC:(mirando a lo lejos). - Hay que decírselo rápido, como quien da una cuchillada. Matarla pronto y luego huir.

JEANNETTE. - ¡Cuánto la quiere todavía

FREDERIC.- Si. (Llama fuerte esta vez.) ¡Julia!

JULIA (aparece). - ¿Me llamabas?

FREDERIC: (en voz más baja). - Sí, Julia. (Se han soltado, están uno al otro mirando hacia adelante.)

JULIA. - ¿Qué pasa?

FREDERIC: (empieza). - Mira, Julia. Será difícil decirlo y seguramente no podrás comprender. No voy a casarme contigo.

JULIA . - ¿Qué te dijo esa?

FREDERIC: No me dijo nada. No es culpa nuestra. Hemos luchado los dos desde esta mañana.

JULIA. - ¿Han luchado? ¿Quiénes, ustedes?

FREDERIC: Te marcharás con mamá. Yo me quedo.

JULIA. - ¿Dónde te quedas?

FREDERIC.- 0 si te parece mejor, tú te quedas y nos marchamos nosotros.

JULIA. - ¿Pero nosotros, quiénes? (No contestan; ella prosigue en voz más baja.) Cuando dices "nosotros", ¿no te refieres a nosotros? ¿Con quién hablas de marcharte? (No contestan.) Tratan de asustarme, ¿verdad? Y ahora se van a reír. ¿O quieren que yo me ría primero?(Trata de reírse desmañadamente y se detiene.)

JEANNETTE. (suavemente). - Voy a hacerte daño, Julia. Las dos nos detestamos desde muy pequeñas. Pero hoy quisiera ser humilde contigo, Julia.

JUMA. - ¡Deja ese aire dulce! ¡Me das miedo!

JEANNETTE. - Siempre nos hemos peleado todo: los juguetes, los trapos. Quisiera darte todo lo que tengo hoy. Pero a él, a él no puedo dártelo.

JULIA. - ¿Pero tú crees que él puede quererte? ¡Eres todo lo que él odia en este mundo!

JEANNETTE. (humildemente). - Si, Julia.

JULIA. - ¡Eres el desorden, la mentira, la pereza!

JEANNETTE. - Sí, Julia.

JULIA - iEl que es tan puro, tan exigente, él que es el honor! ¿Quererte a ti? ¿Estás bromeando? ¿Le has hablado de tus amantes?

JEANNETTE. - SI, le he hablado.

JULIA. - ¿Y del último, del que te paga, le has hablado? Estoy segura de que no le has hablado de ése.

JEANNETTE. (grita de pronto, transfigurada). - ¡Gracias, Julia!

JULIA. - ¿Por qué gracias?

JEANNETTE. - Acabas de ser mala por fin.

JULIA. - ¿Te crees que no voy a defenderme? Ella te engatusó. Se frotó contra ti, como con los otros. Te dio su boca en un rincón, o quizá en el bosque esta tarde. Pregúntale cómo hacia por las noches, con los pescadores del bar. Con dos y tres a la vez, encima de las redes con olor a pescado.

JEANNETTE.- ¡Gracias, Julia, gracias!

JULIA. - ¡Guárdate tus gracias, ladrona!

JEANNETE. - ¡Ahora que te defiendes, ya no tengo vergüenza! ¡Gracias, Julia!

FREDERIC: (quiere apartarla). - ¡Cállese! ¡Déjela!

JEANNETTE. . - ¡Hubieras podido llorar, que te hubiera dado un vahído de telenovela y quizá él hubiera tenido compasión de ti, pero te pusiste a defenderte como una mujer a quien van a robar!

JULIA. - ¡Maldita puta, ladrona!

FREDERIC: - ¡Cállense las dos!

JULIA. - ¡Callarme!! ¿Te lleva y tengo que callarme?

JEANNETTE. -Estás muy tiesa, muy digna. Sólo piensas en el daño que te hacen. ¡Llora carajo, llora!

JULIA. - Te alegrarías demasiado si llorara.

JEANNETTE. - ¡Llora! Es lo único que espera para recobrarte. Todavía te quiere, ya lo ves. ¡Míralo, por lo menos!

JULIA. - No.

JEANNETTE. - ¡Ya te está extrañando, Julia! ¡Vamos, llora rápido!

JULIA. - ¡No! Tendré tiempo de sobra para llorar.

JEANNETTE. - ¡Arráncame los ojos, entonces! ¡Aráñame, pégame, no me defenderé! ¡Pero haz algo feo, tú también! ¡Haz algo feo o te mato! (Se lanza sobre JULIA. Frederic la arranca lastimándola y la rechaza a lo lejos.)

FREDERIC: - ¡Basta ya! (suavemente a JULIA). - Vete, Julia. Vales más que ella, estoy seguro, y quizá hizo todo lo que decías, pero ella es mi mujer ahora. (JULIA se aparta y huye hacia la cocina)

JEANNETTE - ¡Cómo debe de odiarme usted en este momento!

FREDERIC: (con dureza, sin mirarla). - Suba a su cuarto; tome lo que quiera llevar y espéreme fuera. (JEANNETTE SaIe. Lucien aparece de pronto.)

Lucien - No haga eso. Fracasa siempre.

FREDERIC: - ¿Por qué?

Lucien - Porque es demasiado bueno. Y todo lo que es bueno está prohibido, ¿no lo sabe? (Se sirve un vaso de vino tinto.) Mire este vaso de vino, no es nada, pero da un poco de calor al pasar... Está prohibido. Hay que aprovechar un momento de distracción. (Vacía el vaso de un trago.) ¡Hop! Esta vez no me vio.

FREDERIC - ¿Quién?

LUCIEN: (señala el cielo con el dedo). - El otro que está allá arriba. Cada vez que uno es feliz, se pone espantosamente colérico.

FREDERIC: - Está usted borracho.

LUCIEN - No haga eso. Está perdido de antemano.

FREDERIC.- Lo veremos.

LUCIEN - Yo ya lo veo. Los veo dentro de ocho días, los veo dentro de un año. Es como una terrible película que va pasando. Todavía hay tiempo. Vaya a buscar a Julia y a su mamá a la cocina. Digales que han soñado.

FREDERIC: - ¡Yo no he soñado!

LUCIEN - El amor no es nada. Irrisión, mentira, viento. ¡No haga eso! No vale lo que Julia sufrirá, no vale el trabajo que uno se toma, sobre todo, no vale el daño que se causa a los demás. El amor no es nada. ¡No haga eso!

FREDERIC: ¿Por qué?

LUCIEN - Porque es solo una mujer. Porque uno está sólo en el mundo. Porque una noche dentro de un mes, dentro de un año, dentro de diez años, cuando usted crea tener a su compañerita en los brazos, se dará cuenta de que es como los otros. Que sólo tiene una mujer y que no tiene nada.

FREDERIC: - Cállese usted también.

LUCIEN: - Cásese con Julia. Tenga hijos. Conviértase en un hombre. En un hombre de oficio, de dinero, en un hombre con una amiguita... nadie se lo reprocha a los hombres. Pero no se haga el malo. ¡Es tan sencillo ser feliz!

JEANNETTE (aparece con un abrigo, una boina y un atadito). - Bueno. Estoy lista.

FREDERIC.- Venga. (La toma de la mano, salen y se hunden en la noche. Lucien no se ha movido. Se sirve el resto de vino, alza el vaso al cielo, pregunta.)

LUCIEN - A la salud de ellos. ¿Me permites?

EL PADRE: (despertando) -¿Dónde estamos, niños? ¿Pronto acabará?

LUCIEN (lo mira, sonríe). - Pronto, papá. La cosa empieza.

FIN DEL ACTO PRIMERO

ACTO SEGUNDO

Un pabellón abandonado en el bosque. El comienzo de una escalera. Un canapé volcado en el suelo. Delante de la ventana sin vidrios, una cortina oscura que se hincha con el viento. Oscuridad. Se oye la tormenta fuera. JEANNETTE entra con FRÉDÉRic. Están empapados.

JEANNETTE. - Aquí estaremos protegidos. (Una pausa. Están de pie en medio de la habitación en sombres. Ella murmura.) Estaremos mejor aquí que en la estación. (Una pausa. Una ráfaga levanta la cortina.) Hay un quinqué allí en el rincón. (Ella le pasa una caja de fósforos. El enciende la lámpara.) El dueño es muy amable. Sabe que a veces vengo aquí. Esta es como mi casa. Arriba hay una cama caliente. Se la mostraré en seguida. (Una pausa. Están uno frente al otro, sin osar moverse. Ella murmura.) Bueno, cuando quiera.

FREDERIC.- Bueno. (Un silencio. No se mueven, incómodos. Se oye la tormenta.) ¿Tiene frío?

JEANNETE. - No. Quitese la chaqueta para que se seque. Voy a buscarle algo arriba. (Desaparece ligera. Se la oye caminar arriba. FREDÉRIC se quita la chaqueta. Ella baja con una manta que le echa sobre los hombros.) ¡Eso es! Está guapo así. Parece un viejo jefe indio. (Frederic quiere tomarla en sus brazos y besarla. Ella se suelta imperceptiblemente, murmura.) Tengo miedo.

FREDERIC.- (suavemente). - Yo también. (Una pequeña pausa. JEANNETTE le sonríe.)

JEANNETTE. .- ¿Le doy miedo? Soy fea.

FREDERIC.-. No.

JEANNETTE. - Dicen que parezco loca con el pelo como un hombre.

FREDERIC.- - ¿Quienes?

JEANNETTE. - Los otros. (Rectifica.) Las gentes. Además a usted deben de gustarle las mujeres de mechas bien ordenadas, que se cepillan largo rato en su cuarto. Yo tengo el pelo como un hombre. Lo siento. (Se pasa los dedos separados por el pelo, corre de pronto a su paquetito de ropa y lo revisa febrilmente.) Compraré un cepillo mañana. (Está de pie delante de él; le, grita de pronto.) ¡Y estaré peinada, bien peinada, peinada como no me gusta y como a usted le gusta, peinada corno Julia! (Se quedan los dos cortados un instante, de pie uno delante del otro; luego baja los ojos y dice, de nuevo humilde.) Me gustaría tanto agradarle. (Otra pausa; grita.) ¡Espere! No tengo un cepillo, pero traje algo en esta caja. (Torna una caja mal atada que traía al entrar y sube. Se la oye gritar desde arriba.) ¡No mire! Si hace un gesto, bajo y no verá absolutamente nada. Tardo mucho porque estoy a oscuras.

FREDERIC.- ¿Quiere la lámpara?

JEANNETTE. - - Gracias, no la necesito. No se mueva. (Pregunta.) ¿Es aburrido, esperar?

FREDERIC..- No.

JEANNETTE. - Será recompensado... (Un breve momento de silencio en que no se la oye, y de pronto aparece a la luz fantástica de la lámpara en lo alto de la escalera. Se ha puesto apresuradamente, conservando los tenis, un insólito y frágil vestido blanco. Se queda inmóvil un segundo delante de Frederic muda; de pronto grita.) Bueno. ¡Ahora me muero de vergüenza, voy a quitármelo!

FREDERIC.-(sordamente). - No. (JEANNETTE se detiene.) ¿Trajo ese vestido en el paquetito?

JEANNETTE. - En el paquetito, no. En esa caja grande que tropezaba con todos los árboles del bosque. Es lo más precioso que tengo en el mundo.

FREDERIC.- Pero es un vestido de novia...

JEANNETTE. - Es un vestido de baile. (Se turba un poco.) Pero no es nuevo, sabe... Se lo compré a un quincallero. Ahorré dinero vendiendo prendas de fantasía...

FREDERIC.-(la toma en sus brazos.) Me da lo mismo que sea nuevo y que alguien se lo haya dado.

JEANNETTE..- ¿Por qué no me cree nunca? Estoy segura de que le cree a Julia cuando le dice algo.

FREDERIC.- SI, a ella le creo.

JEANNETTE. - ¿Y a mi no?

FREDERIC..- No.

JEANNETTE.- (se desprende de él). - ¡Entonces vaya a buscarla, yo también quiero que me crean! (Vuelve a sus brazos.) No. No se mueva. Voy a decírselo. Siéntese. (Lo hace sentar y se sienta a sus pies.) No ahorré gran cosa con las prendas... Lo compré nuevo en una gran tienda por departamentos en la ciudad... con un dinero que le robé a papá de unos cubiertos de plata que había empeñado.(0tra pausa; ella pregunta.) ¿Me cree ahora?

FREDERIC.- Sí.

JEANNETTE.- Ah, bueno. (Un silencio. Pregunta de pronto.) Usted no había soñado con una mujer como yo, ¿verdad?

FREDERIC.- No.

JEANNETTE. - Y sin embargo soy yo quien está aquí esta noche, con la cabeza apoyada en sus rodillas.

FREDERIC.- Sí, es usted.

JEANNETTE.- Esto es lo que llaman la fatalidad, supongo.

FREDERIC.- Supongo, si.

JEANNETTE.- (con satisfacción). - Es cosa buena la fatalidad.

FREDERIC.- (con dureza, después de una pausa). - Julia está allá, llorando en su cuarto vacío, y todo está devastado, pero es cosa buena. Y esto que se ha roto en mí y que siempre me dolerá, ahora es cosa buena también. Todo esto es bueno. Todo es indulgencia terrible, dulzura espantosa.

JEANNETTE. ¿Y que yo sea como soy?

FREDERIC.-. Es bueno también que no estemos hechos el uno para el otro.

JEANNETTE..- De chicos tampoco debíamos de parecemos mucho.

FREDERIC. - No.

JEANNETTE. ¿Usted era el primero en la escuela?

FREDERIC- Sí.

JEANNETTE. Lo estoy viendo bien limpio, con su bultito a cuestas. Yo era sucia, despeinada, con el pelo en los ojos. Faltaba siempre para ir a pelearme con los títeres.

FREDERIC.- (sonríe). - ¡La estoy viendo!

JEANNETTE. Teníamos una pandilla. Nos llamaban los "demonios verdes". Decían que hablamos matado a un chico. Teníamos tatuajes y cicatrices. ¡Lo estoy viendo a usted, en ese tiempo, con su cuellito limpio!

FREDERIC.- (sonríe). - Seguramente yo fingía no verla, Debía de odiarla. Nosotros también teníamos una banda. Nos llamábamos los "Sin miedo". Habíamos decidido acabar con los títeres y que habría un gran pelea la noche del 14 de julio. ¡Pero los muy canallas habían puesto hojas de cuchillos en la punta de los palos!

JEANNETTE. - Yo me habla fabricado un puño americano con clavos. Se lo planté en el culo desde el policía hasta el alcalde.

FREDERIC..- Los "Sin miedo" sólo teníamos piedras y palos. Pero éramos los de mejor puntería.

JEANNETTE (suavemente). - Fue usted el que me arrojó una piedra una vez. Me hizo un agujero grande en la rodilla. Déme su mano. Aquí (Un silencio. Frederic tiene la mano en la rodilla de ella, Dice gravemente.)

FREDERIC.- Perdón.

JEANNETTE. - Ya no me duele. (Otro silencio. suspira de satisfacción.) Qué súbita dulzura a nuestro alrededor. ¿Ha parado la lluvia?

FREDERIC.- No sé.

JEANNETTE- Es como si algo se desgarrara despacito en mi. Creo que nunca le haré daño. ¿Le parece que esto es lo que llaman ternura?

FREDERIC.- - No sé.

JEANNETTE.- Tengo el derecho de desearlo, de ser feliz en sus brazos, pero no de quererlo de esta manera. ¿Cómo quiere que lo ame? Ni siquiera lo conozco.

FREDERIC.- Yo tampoco la conozco, y sin embargo esta noche usted va a ser mi mujer para la vida y para la muerte. ¡Qué sencillo!

JEANNETTE.- Para nuestros corazones... sí, es sencillo.

FREDERIC..-Pero eran sus ojos donde no me animaba a hundirme; era su aire de granuja y sus mentiras; era todo lo que no me gustaba lo que me gustaba.

JEANNETTE..- ¿Y si no mintiera más, si me dejara crecer el pelo?

FREDERIC.- (continúa). - Yo me decía: tendré dos hijos. El mayor se llamará Alain, será terrible; y después la niña, Marie, dulce como un pájaro. Y a la noche, al regreso, deletrearé con ellos en el libro. Bueno, pues no habrá noches tranquilas, habrá nuestros cuartos de hotel vacíos, sus mentiras, nuestras escenas, nuestro sufrimiento...

JEANNETTE..- ¿Por qué dice eso con tanta dulzura?

FREDERIC.- Porque es dulce. No con la misma dulzura que yo esperaba, sino con otra. Lo que es dulce es haber llegado a alguna parte, aunque sea al límite de la desesperación, y decir: Bueno, era aquí. Ya he llegado.

JEANNETTE..- ¿Y le parece que hemos llegado?

FREDERIC.- Si. esta vez, sí. Ha sido un largo y curioso camino. Pero tengo su calor sobre mi y estos minutos en que esperamos para poseernos tienen un curioso sabor a bodas. Era aquí.

JEANNETTE.- (pregunta). - ¿Era yo?

FREDERIC.- Sí. (Silencio largo.)

JEANETTE.- ¿Por qué piensa siempre en Julia? ¿Por qué habla siempre de Julia?

FREDERIC..- ¿De Julia? ¿Qué dije?

JEANNETTE. - ¿No se está oyendo? Cada vez que se calla, grita "Julia". . . Cada vez que sus ojos se posan en mí, la miran a ella y a pesar de mí me volteo. ¡Si sabe que nunca me pareceré a ella! Si sabe que soy todo lo contrario. Mireme, soy yo la que está aquí, yo, no otra.

FREDERIC.- ¡Cállese!

JEANNETTE. - Tiene ganas de poseerme, hágalo en seguida. Soy suya esta noche. Me prestaré. Y mañana, pasado el deseo, corra a buscar Julia. Ella es la que está en su corazón.

FREDERIC: (la toma de la muñeca). - Ya hemos sufrido bastante. ¡Ahora quiero que se calle!

JEANNETTE.-(lucha y se suelta). - ¡Eso es, lastímeme! ¡Tuérzame la muñeca como hace un rato para defenderla! ¡En su corazón desde siempre y para siempre, solo Julia! Y allá, en la casa si ella hubiera tenido el valor de luchar, de arriesgar un poco su delantal limpio y su mundo en orden, habría llevado las de ganar.

FREDERIC: - ¡Loca!

JEANNETTE..- ¿Y usted se hubiera puesto delante de ella cuando yo le arrojara piedras, para que no sufriese, para que no corriera su querida sangre?

FREDERIC:(con rudeza, bien a la cara). - Si. Seguramente.

JEANNETTE.- (grita como una niña). - ¡Bueno, pues yo hubiera lanzado a toda mi pandilla contra usted! ¡A usted, lo hubieran atado a un árbol y yo hubiera despellejado a Julia viva, le hubiera arrancado sus lindas mechas bien peinadas delante de usted! ¿Ah, por qué no somos pequeños? ¿Por qué no podemos pegarnos? (Se lanza de pronto a pegarle, el la controla.) Ah, si pudiera sacar su cuchillo y abrir mi corazón en dos, vería qué limpio y rojo es por dentro.

FREDERIC: (la estrecha contra si, vencido; murmura). - Qué rápido late...

JEANNETTE..- Mi corazón es como un animal que sólo sabe saltar para hacerse entender. ¡Y salta, salta hacia usted! ¿Lo oye a través de mi? Entonces aunque me aleje, aunque me burle, aunque parezca querer hacerle daño, escúchelo a él solamente, y no a mí. (se estrecha contra Frederic.) Y ahora abráceme bien fuerte, pues no será demasiado su fuerza con la mia. (Pausa.) Un hombre anda en este momento por el bosque. (Frederic da un paso, se detiene; ella continúa.) Sabe que me ha perdido.

FREDERIC: - ¿Por qué quiere que ese hombre nos vea? Si ese hombre entra aqui, si lo veo de frente, quizá no pueda amarla más. ¿No era bastante lo que hicimos hace un rato? ¿No bastaba con el dolor de ella?

JEANNETTE..- No. Cada uno tiene que pagar su parte.

FREDERIC:. - La quiero a usted.. Se lo suplico, no me exija más, no busque otras maneras de sufrir. Ya ve, no le pido nada más. Los hombres luchan y mueren también por sus sueños, pero hay un momento en que están cansados, quieren detenerse, apoyar la mano en sus mujeres y ser un poco felices a pesar de todo. (Da un paso hacia JEANNETTE, que retrocede. La puerta se abre de pronto. Lucien aparece en el umbral, empapado.)

LUCIEN - Discúlpenme. Esta noche todos hemos paseado mucho bajo la lluvia.(Cierra la puerta.) Me manda Azarías. No se atreve a entrar, es un timido. Pero no es un mal muchacho y hay que convencerse de que te queria. Manda decir que puedes quedarte con el vestido. (JEANNETTE no se ha movido. Frederic se vuelve hacia ella en silencio. Lucien abre una caja que tenía en la mano al entrar y añade.) Y te envia el velo que olvidaste. (Deja tranquilamente el gran velo de tul blanco sobre una silla. JEANNETTE dice despacito en el silencio.)

JEANNETTE. - Sí, Era un vestido de novia.

FREDERIC.- ¿Y él se lo había dado?

JEANNETTE. - Sí, ayer.

FREDERIC:(Un silencio). - ¿Por que trajo ese vestido?

JEANETTE (como una niña). - Era lo único lindo que tenía. (Están uno frente al otro, mudos, inmóviles.)

LUCIEN.- (sonríe). - ¿No contaba con esto, joven? Es una idea de hombre preguntar quién había comprado ese vestido... Además, por un sentimiento muy delicado, le haré notar que había dejado el velo. Ese velo que por un sentimiento no menos delicado, hemos insistido en traerle.

JEANNETTE- (suavemente). - Te odio, Lucien

LUCIEN - Si. Desempeño un mal papel. Confieso que todo esto no es muy brillante. (Los mira, mudos, desamparados los dos; se ríe burlón.) ¡Pobrecitos! Me dan lástima. Queremos la verdad, nada más que la verdad, toda la verdad, y cuando nos hallamos en su presencia, callamos y tenemos ganas de llorar.

FREDERIC:(pregunta de pronto)- ¿Por qué me mintió?

JEANNETTE..- Usted había visto que era nuevo, entonces comprendí que nunca podría decirselo.

FREDERIC: (grita). - ¿Décirme qué? ¿Que él se lo habla dado la noche antes de huir conmigo?

JEANNETTE..- Si.

FREDERIC: - ¿Pero a pesar de todo lo trajo?

JEANNETTE..- Sí.

FREDERIC.- Yo no le ofrecía nada más que la fuga y la miseria, usted lo sabía. Me siguió sin nada, en seguida. Lo rompió todo, dejó todo como yo y el crimen que cometíamos sólo era posible porque lo abandonábamos todo los dos. Ah, quisiera arrancarle ese vestido, romperlo. (Da un paso hacia ella, JEANNETTE retrocede con un grito, estrechando su hermoso vestido contra si.)

JEANNETTE..- ¡No! (Este grito detiene a Frederic.)

LUCIEN.- (suavemente). - Si se lo pide, se lo quitará. Pero hemos llorado meses enteros sobre los catálogos, hemos soñado tanto tiempo con ese vestido mientras usábamos las viejas camisetas agujereadas. Piense que quizá íbamos a casarnos con Azarías sólo por eso.

FREDERIC:(grita). - ¡No es cierto!

LUCIEN.- ¿De qué cree entonces que están hechas las mujeres? ¿De acero, de platino, de diamante? Están hechas de suspiros, de humo, de caprichos; la cosa tiene su parte buena y su parte mala. Son tan hermosas y un buen dia sale de ellas el monstruo. Azarias es rico y la quiere, y ella lo abandona por usted esta noche, sin lamentar nada. Y no crea que iba a verlo por su dinero; mi hermana no es una puta. Iba a verlo porque le divertia; y hoy se va con usted porque le divierte más, pero se lleva el vestido. Eso es todo.

FREDERIC: (grita de pronto). - Mentia, seguía mintiendo. Me mintió todo el tiempo. ¿Cuándo podré creerle ahora?

LUCIEN.- ¡Mañana, hombre! ¡Dentro de un rato! ¡En seguidal No tiene más que marcharse con ella, no tiene más que entregarse a ella y mañana mismo le creerá.

FREDERIC: - No podré.

LUCIEN..- Yo tampoco pude. Es la solución para los más fuertes o los más estúpidos.

FREDERIC.- ¡Quiero comprenderl

LUCIEN.- ¿Comprender qué? ¿Lo que ocurre en los momentos del amor? ¿En lo que hay detrás del placer? Nadie ha comprendido nunca. Ni siquiera ellas. ¡Y además, para que? (FitúDERic cae sentado, con la cabeza en las manos. Lucien se sienta a su lado.) ¡Ah, bonito papel hacemos con nuestras historias de hombres! Bonito papel hacemos explicando que somos sabios, guerreros, poetas, que queremos vivir libres o morir, que tenemos ideales. ¡Mierda! (Un silencio entre ellos; añade.) Hay que aferrarse a la madre, a una mujer como Julia si se encuentra una, o sino a las mujeres de los libros... (Muestra un cuadro, un gran grabado amarillento bajo el vidrío roto en un gran morco negro que cuelga torcido en la pared.) ¡Mire ese cuadro! Es la mujer de Peto, un condenado a muerte de Nerón. Ella acaba de tomar la espada de manos del centurión, y como Peto no sabe que hacer, ella se hiere primero y tiende el arma a su marido con una buena sonrisa, diciéndole: toma, "non dolet". (Frederic lanza una ojeada y deja caer de nuevo la cabeza en las manos. Un silencio. Jeannete se vuelve hacia el grabado, lo mira. Pregunta.)

JEANNETTE..- ¿Qué quiere decir: non dolet?

LUCIEN.- Quiere decir no duele. (Hay un silencio.)

JEANNETTE (dice de pronto suavemenle). - Soy una mentirosa, es cierto, y no valgo mucho. Y si, traje este vestido. (Pequeña pausa; continúa con esfuerzo.) ¡Julia, su madre, y ahora las damas romanas también están contra mí! Todas las que han sido fuertes y puras... Bueno, pues yo también podía ser fuerte. Después de todo, ¿qué le ha dado Julia? ¿Su pequeña sensatez o su miedo de comprometerse? ¿Y su madre? Lo acunó las noches en que usted no dormia. ¿Cree que yo no lo hubiera hecho también? ¿Cree que no hubiera velado si usted hubiese estado enfermo, que no lo hubiese llevado en mis brazos? ¡Lo hubiera llevado como diez madres, mil noches! Hubiera sido como una loba que se pone delante y lucha por sus hijos hasta que la matan.

LUCIEN..- Las peores se convierten en madres. Tal vez algo se te mueva un día en tu vientre y estaremos obligados a venerarte.

JEANNETTE.-(llameante). - ¡No! ¡No quiero que me dé como a todas las madres y por cualquier niño! -.No quiero ser doce veces sublime a pesar mío, doce veces abnegada hasta la muerte, doce veces única! No necesito un bebé para demostrar mi amor. ¡A él lo quiero! A él quiero dedicarme y por él quiero morir. ¡Es la primera vez y la última, estoy segura, que estoy dispuesta a dar mi sangre y mi leche si me saliera!

LUCIEN.- (se levanta, indigno). - ¡Tu sangre y tu leche! Andas rápido. Sólo hace un día que lo conoces.

JEANNETTE..- ¿Es lo único que saben decir? ¿Tengo yo la culpa si sólo hace un día?

LUCIEN.- ¡Tu sangre y tu leche! Le has dado tu boca y el gusto de tu piel bajo su lengua. Eso es todo. No eres más que una mujer a quien usó por una noche.

JEANNETTE. - ¡Soy su mujerl

LUCIEN.- ¿Su mujer, tú? ¡No me jodas! Míralo. Es duro, es franco, es sólido. Está lleno de buenos sentimientos. ¿Su mujer, tú? Lo deseas, él te desea. ¡Buena suerte! ... Haganlo rápido y gócenlo si pueden pero no construyan una catedral encima.

JEANNETTE..- ¿Y si me hubiera convertido en una noche en todo lo que él ama? ¿Si de golpe ya no fuera ni la pereza, ni la mentira, ni el desorden? ¿Si me hubiera convertido en el coraje y el honor?

LUCIEN.- (lanza una carcajada). - ¡Todas iguales! Matan a los padres para seguir al jovencito; están dispuestas a robar por él, a venderse en las esquinas, a rebajarse todo lo que haga falta. ¡Pero si el querido jovencito prefiere el pudor! ¡Es tan fácil! ¡También pueden hacer ese papel! ¡Y sinceramente! Negarse y bajar los ojos y enrojecer cuando alguien dice una grosería y hasta se atreverían a ser angelicales y sublimes. ¡Lo pueden todo! ¡Lo pueden todo mientras dural

JEANNETTE..- ¡Sí, lo puedo todo! ¡Sí, lo puedo todo!

LUCIEN.- ¡ Todo menos que dure!

JEANNETTE. - ¡Mientes!

LUCIEN..- ¡Lo que no puedes es que toda esta mierda siga siendo cierta mañana!

JEANNETTE. - ¡Lo haré feliz! ¡Le daré tanto que me creerá!

LUCIEN. - Solo pueden darse el cuerpo por un minuto de placer, eso es todo.

JEANNETTE. - ¡No es cierto!

LUCIEN.- - Y él tampoco tiene nada que darte. Son amantes criminales. Irán por el mundo de la mano, pero espíandose, como dos enemigos. Y las gentes dirán: ¡linda parejal ¡Cómo se quieren! ¡Linda pareja de asesinos, sí! ¡Con las uñas fuera y los dientes largos! ¡Es preciso que uno consiga el pellejo del otro, y cuanto antes mejor! ¡Eso es vuestro amor!

JEANNETTE (cae sentada en el canapé al lado de FREDÉRIC). - ¡Ah; eres detestable!

LUCIEN.-(se acerca y prosigue con más suavidad). - ¿Quien te crees que eres? ¿La ternura, la abnegación, la confianza, todo de un día para otro? Eso se paga día a día, nenita, con sudor, con tedio, con pequenas miserias y miedo juntos. Se paga con hijos que tienen fiebre y no se sabe si morirán, con noches y noches juntos, en que se escucha respirar al otro, con arrugas que aparecen al mismo tiempo.

JEANNETTE. - ¡Tendré arrugas! Seré vieja. Y cuando él muera, yo moriré al día siguiente.

LUCIEN.-(un poco cansado, cae sentado junto a ellos también; refunfuña). - Morir, morir... Morir no es nada. Empieza por vivir. Es menos gracioso y más largo.

JEANNETTE. - Dices todo eso para impedirnos vivir.

LUCIEN.- (extrañamente fatigado de pronto). - No, para impedirles morir, idiota. Confundes todo. (Hay un pequeño silencio. Están sentados los tres muy juiciosos, uno al lado del otro mirando hacia adelante.)

JEANNETTE (prosigue dulcemente, humildementeY. - Odias el amor. Pero no has conocido a todas las mujeres. ¿Las hay que hayan amado con todas sus fuerzas y para siempre? ¿Hay una?... Si hay una, yo también podré.

LUCIEN.- - Nunca supe su dirección.

JEANNETTE. - ¿La que tú explicabas, la del cuadro, ésa amó?

LUCIEN.- ¿La mujer de Peto?

JEANNETTE. -¿Qué fue lo que dijo al tomar el cuchillo para darse valor?

LUCIEN.- Non dolet.

JEANNETTE..- Non dolet. ¿Y eso no quería decir que lo amaba, non dolet?

LUCIEN.-Si. Sin duda.

JEANNETTE (se pone de pie). - Entonces, si no es más difícil que eso...

LUCIEN.-¿Dónde vas?

JEANNETTE. - A quitarme este vestido. (Desaparece en la escalera.)

LUCIEN.- (cuando están solos). - Le he dicho todo lo que sabia. Lo he enterado de mis pequeñas experiencias. Ahora, amiguito, quizá será mejor a pesar de todo que juzgue por usted mismo. (Se oye arriba un ruído de vidrios rotos. LucíEN alza la cabeza.) ¿Qué hace ahora esa loca? (Un instante; luego JEANNETw reaparece muy pálida en su vestido blanco; tiende a Frederic su brazo herido del que brota la sangre por un ancho tajo.)

JEANNETTE. - Mire. No duele. Ya no sé cómo lo dicen en latín. (Los dos hombres se ponen de pie. Hay un momento de estupor; luego Frederic se arroja sobre ella y le envuelve el brazo con el pañuelo, la. besa; balbucea.)

FREDERIC: Jeannette, amor mío. . . Perdón. te creeré. ¡te creeré siempre! (Se besan. Lucien alza los brazos al cielo. Clama.)

LUCIEN- ¡Bueno! ¡Si ahora se ponen a cortarse los brazos... En ese momento se abre la puerta, el viento se precipita de nuevo en la habitación, la luz se apaga casi, ¡el viejo cartero está en el umbral, bajo la lluvia, vacilante.)

EL CARTERO (suavemente). - ¡Niños, niños!

LUCIEN (Se le acerca, gritando). - ¿Es para mí, cartero?

EL CARTERO. - No, pequeño. Tu padre me manda decirte que vayas al pueblo en seguida a avisar al Doctor. En tu casa están preocupados. Tu hermana ha bebido algo. Creen que se ha envenenado. (Frederic se separa de JEANNETTE. Lucien se vuelve hacia él.)

LUCIEN - Tenemos que buscar al médico. (Frederic no se mueve en seguida. Lucien se le acerca, lo toma del brazo.) Vamos, rápido. Esta vez es verdadero veneno. (Sale llevándose a Frederic. EL CARTERO los sigue dejandola puerta abierta de par en par. Hay un largo silencio.

JEANNETTE- ¿Y no es mi sangre... verdadera sangre? (JEANNETTE se queda sola, sin moverse, en el viento que se precipita, muy pequeña en su vestido blanco, rodeada por sus brazos. De pronto vuelve la cabeza, mira afuera y murmura.) Puedes entrar ahora. (Un hombre, una sombra, aparece en el umbral con su esclavina empapada. En el momento en que esta sombra avanza la escalera se mueve perpendicular al proscenio.

Luces de cambio. Música

Frederic está tendido en el canapé, la cabeza en los brazos. EL PADRE camina y lo observa con aire hostil. Entra Lucien. EL PADRE se le acerca.

EL PADRE. - ¿El coche ya llegó?

LUCIEN: - Si.

EL PADRE. - No me molesta verlos largarse. ¡Ocho días! Un muchacho recibido en casa y que no despega los labios desde hace ocho días. Es verdad que Julia estuvo a punto de morir pero desde ayer está salvada.

LUCIEN: -(suavemente). - Quizá él no se ha salvado.

EL PADRE. - (Música a lo lejos. Grita..) ¡Haz callar esa música!

LUCIEN.- (se acerca a Frederic.) El detalle de la orquesta no es muy delicado, hay que reconocerlo. Lo que usted no sabe, es que no deberiamos oírla, porque el castillo está demasiado lejos. Debe ser una boda muy hermosa. Hay cinco Mercedes Benz y un Jaguar delante de la verja. El señor Azarías tiene relaciones.

EL PADRE (en un rincón). - Ni siquiera una invitación. Yo conocí al padre de ese Azarías.

LUCIEN: .- Ahora él conoce a tu hija. Están a mano.

EL PADRE. - Lo coges todo en broma. (Sale al jardín,)

LUCIEN: - (vuelve hacía Frederic). - Esa chica lo adora. ¿Vio con qué gentileza se cortó. el brazo? “Ya no sé cómo lo dicen en latín” ¡Una entrada admirable!

FREDERIC- ¿Por qué?

LUCIEN.- ¡Es usted incorregible, amiguito! Quiere saberlo todo. (Pausa.) Uno cree que no podrá soportar esa llaga ni un minuto. Habría que gritar, romper algo. ¿Pero romper qué? A ellas no, no se puede. ¿Romper cosas? Es grotesco. Cuando uno comprende que no hay nada que romper es cuando uno empieza a convertirse en un hombre. (Una pausa; va a sentarse al lado de Frederic.) Se vive muy bien con un dolor, ya verá. Lo admirable del cornudo es que tiene todo el tiempo por delante. (La música arrecia.)

EL PADRE (aparece.) - Han puesto las bocinas sobre los muros del castillo. No vamos a pegar los ojos esta noche. (sale.)

LUCIEN.- El ojo de la noche... Curiosa expresión ¿Usted duerme?

FREDERIC: (se encoge de hombros). - Si.

LUCIEN: (le grita). .- ¡No dormirá más!

FREDERIC: - ¡Adónde quiere llegar! ¿Qué quiere de mi?

LUCIEN:(suavemente). - Verlo sufrir. Me hace bien.

FREDERIC: -¿Es agradable un hombre que sufre?

LUCIEN.- No. Es obsceno. Pero cuando es uno mismo en un espejo es peor todavía. ¡Está bien que sufra otro, alguna vez!

FREDERIC: - Míreme pronto. Yo no me contemplaré mucho tiempo en los espejos. Soy solo un hombre, y mañana, bien o mal, viviré.

LUCIEN:(se ríe burlón). - ¡Buen muchacho!

FREDERIC.- Iré a trabajar. Me casaré con Julia. Tengo toda una casa que pintar, todo un jardín que sembrar, tantas cosas que hacer...

LUCIEN: (retribuyendo una confidencia con otra) - Yo me puse a hacer gimnasia. Pero los músculos me mintieron. ¡Un consejo! Empiece en seguida por el vino tinto. Se obtienen mejores resultados. (Se sirve.) ¿Le sirvo?

FREDERIC.- No.

LUCIEN: Hay que ser un cornudo bien vil, bien cobarde, para que los demás también sufran. ¿Sabe qué hice yo el primer día? Me dejé caer de la silla, de repente, durante la comida, y me quedé en el suelo para hacerles creer que estaba muerto. Para que tuvieran miedo, para que sucediera algo. No estaba muerto, pero seguía siendo cornudo.Y hubiera querido hacer más. Bajarme los pantalones, orinar en la pared, pasearme con un gran par de cuernos de cartón por las calles...

FREDERIC:. - ¡Déjeme en paz!

LUCIEN:¿Lo molesto? ¿El señor quiere hacer de cornudo a solas? ¿Los cornudos feos, los cornudos bajos, no son de su gusto? ¿El señor es un cornudo especial? Sin embargo somos hermanos, señor, hemos bebido de la misma copa y ya que nadie nos besa, tenemos que besarnos nosotros. (Quiere besarlo, en broma; Frederic lo rechaza..)

FREDERIC.- ¡Suélteme! Está usted borracho.

LUCIEN: No, no estaré borracho hasta la noche, cuando precisamente ya no diga nada, cuando me vuelva decente.

FREDERIC:(después de una pausa). -Que sangre de una buena vez, eso será todo. Ya le dije, viviré.

LA MADRE (entra). - Julia se ha levantado. El viaje la fatigará un poco, pero quiere marcharse de este lugar esta misma noche.

LUCIEN: - ¡Sin embargo es lindo en primavera!

LA MADRE (a Frederic, sin prestar atención a Lucien). - ¿Estás lísto?

FREDERIC: Sí.

LA MADRE. Te llamaré para que ayudes a bajar a Julia. Voy a prepararle un poco de café. (Pasa a la cocina.)

EL PADRE (que ha vuelto la mira salir y comprueba). - Desde que tuvo que limpiar el queso de los platos me trata con frialdad.

LUCIEN: Aunque ella volviera a mi; aunque ahora me fuese fiel, sería cornudo hasta el fin de mis noches. (Pequeña pausa; añade.) Pero si volviera... sería un cornudo a medias. Por eso no he dejado de esperarla.

FFREDERIC: - ¿Desde cuándo?

LUCIEN: Dos años. ¡Y salió a comprarse unas medias! Empiezo a preocuparme.

FREDERIC: - La olvidará.

LUCIEN: No, colega. Tal vez uno encuentre otra, pero no esa no se olvida. (Se levanta) Ahora no la espero exactamente a ella, espero una carta. Una carta de, la Costa de Marfil. Voy a estar bien con los negros del Africa.

EL PADRE (se levanta, se acerca a ellos). - A mi la vida y el amor siempre me han parecido tan sencillos. Y no vayan a creer que no estuve enamorado. A los veinte años tenía tres amantes. Una contable, una criadita de restaurante y una muchacha de una de las mejores familias de la ciudad. A esta última la conseguí virgen, querido.

LUCIEN: La conocí, era jorobada.

EL PADRE (ofendido). - Pero solo un poquito.

LUCIEN: ¡Tenía la nariz de caballo!

EL PADRE (asiente). - ¡Pero que ojos tan hermosos! (Se acerca.) ¡Y además, querido, estamos entre hombres! La joroba, la nariz, los ojos... una vez en la cama... (Hace un gesto vil.) ¡Tampoco hay que ser un romántico de mierda! El amor es un buen momento y ya. Cuando se consigue placer... (Hace otro gesto.) Eso sí... siempre he respetado a las mujeres. Pero nada más. ¡Me las arreglé para no sufrir nunca! Además tenía una regla de oro: era el primero en largarme. Las he visto llorando como magdalenas, persiguiéndome desnudas por la calle. Súplicas, amenazas, no oía nada, no veía nada. Una vez una morena fuerte, una costurera de la ciudad -una diosa, querido, senos así-, ...yo estaba en la puerta, ella salta a la cocina, toma una botella de veneno. "Si das un paso, me la bebo". Y me fui.

LUCIEN.- ¿Y se la bebió?

EL PADRE. - Por supuesto. La encontré tres semanas después, flaca!!!. Pero ya ves. ¡Todo se arregla! Se casó con un agente encubierto. Ahora tiene un hijo marica. ¿Qué te crees que es la vida? Lo importante es no dejarse engañar nunca por nada.

LUCIEN: ¿Y si uno sufre?

EL PADRE (exclama, sincero). - ¡Pero es que nunca se sufre!

LA MADRE (aparece con una taza en la mano). - Le subo el café y nos marchamos.

EL PADRE. La echaremos mucho de menos, señora.

LA MADRE. El carro ya está listo, pero hace frío afuera. Me llevaré a Julia arropada en una frisa, se la enviaré de vuelta.

EL PADRE (en gran señor). - ¡Señora, está usted en su casa!

LA MADRE. - La Boda se efectuará en la fecha prevista, pero Julia piensa como yo... después de lo que ha pasado será mejor no invitar a nadie,

EL PADRE (hace un gesto). - La familia...

LA MADRE. - Julia prefiere que no estén presentes ninguno de los dos.

EL PADRE (que no se atreve a comprender). - ¿Qué dos?

LA MADRE. - El hermano y usted.

EL PADRE (desconcertado). - Sin embargo, señora, un padre.. .

LA MADRE. - El tio de Frédéric la escoltará al altar. Julia quiere tener una sola familia ahora.

LUCIEN - ¡Papá! ¡Si me caso con una negra del Africa, te invitarél Será magnífico, ya verás. ¡Todo el mundo irá desnudo, todo el mundo será negro! Y tú, el único blanco de etiqueta sudando bajo el sol africano.

EL PADRE (hace un gesto shakespeariano para salir) - ¡Ya no tengo hijos!

LUCIEN - ¿Adónde vas?

EL PADRE. - Al bar. Préstame veinte francos.

LUCIEN - Te doy cincuenta. Ven, vamos a emborracharnos. (La Madre los mira salir, se encoge de hombros y sube al cuarto de Julia. Frederic se ha quedado solo. De pronto Jeanette aparece con su vestido blanco.)

JEANNETTE. - Si, me casé de blanco para hacer rabiar a todo el pueblo. Y además había que usar el vestido. (Pausa.) ¿Se casan el mes que viene de todas maneras?

FREDERIC:. - Sí.

JEANNETTE.. - Yo ya me casé. (Un silencio.) Es bueno cuando las cosas están hechas, cuando ya no hay que hacerse preguntas ni volver atrás. Por eso he vuelto a decirle adiós.

FREDERIC: - ¡Váyase!

JEANNETTE. (suavemente). - Sí. Pero no lo diga con tanta dureza. Ya me he marchado de una vez por todas. Le hablo desde el confín del mundo en este momento. Nuestros dos trenes se cruzan y nos dedicamos una última sonrisita por la ventana. (Una pausa; comprueba.) Ni siquiera una sonrisa.

FREDERIC: No.

JEANNETTE. - ¿Asi que no sabe jugar con la vida?

FREDERIC:. - No.

JEANNETTE.- Yo también sufro, pero juego. Estoy muy alegre allá, los hago beber, los hago bailar. Los invitados de mi marido no se cansan de elogiarme. El es el único que lo sabe todo y tiene miedo.

FREDERIC: - ¿Lo hará sufrir también?

JEANNETTE.- Ya lo hice.

FREDERIC.- ¿Le divierte eso?

JEANNE=. -Con él me da lo mismo.

FREDERIC: - Usted dijo en la cara de todos que era su mujer.

JEANNETTE. - Yo no les dije que tomaba a ese hombre para lo bueno o para lo malo y para siempre;... dije que lo rechazaba a usted para la vida y para la muerte.

FREDERIC: - Usted está ligada para siempre a otro hombre.

JEANNETTE. - No. Me he separado para siempre de usted. Y es un sacramento solemne que la Iglesia deberia haber previsto también: el sacramento del abandono. (Un silencio.) ¡Qué lejos está usted!

FREDERIC: - Sí. Durante estos ocho días, subí la pendiente de mi dolor metro por metro y siempre me caía en el agujero. Ahora estoy arriba. Sudoroso y con las uñas sangrando. Y trataré de no volver a caer.

JEANNETTE.- Vine también para pedirle perdón por la pena que pude causarle.

FREDERIC: (hace un gesto). - Ya no importa.

JEANNETTE. - ¿Volvió a la casa del bosque por la noche?

FREDERIC: - Si. En cuanto el médico atendió a Julia.

JEANNETTE.-¿Y me esperó?

FREDERIC: - Hasta la mañana.

JEANNETTE.- Debi dejarle una carta, quizá.

FREDERIC.- Quizá. (Una pausa) Cuando salí con su hermano, había un hombre detrás de la puerta. ¿Era él?

JEANNETTE.- Si.

FREDERIC.- ¿Y entró cuando nos fuimos?

JEANNETTE.- Lo llamé yo.

FREDERIC: ¿Por qué?

JEANNETTE. Para decirle que si él queria, iba a ser su mujer.

FREDERIC: Y la cosa quedó convenida de inmediato.

JEANNETTE. -. En los lugares pequeños, las cosas se arreglan rápido. Yo quería que usted estuviera todavia aquí el dia de mi boda.

FREDERIC.- Pues lo logró. Pero nos marchamos en seguida. (Una pequeña pausa.) Sólo me falta desearle que sea feliz.

JEANNETTE .- Usted quiere reirse de todo lo que ha pasado.

FREDERIC:. - Me gustaría. Debe de ser bueno reírse.

JEANNETTE. - Así dicen.

FREDERIC: (grita de pronto). - Pero reiré. Mañana o dentro de un año, o dentro de diez años, le juro que reiré. Todavía sufro y no hay nada seguro. Pero vendrá una mañana nuevecita, una mañana sin recuerdos; donde las cosas habrán recuperado su lugar. Encontraré la casa recién pintada, mi mesa negra junto a la ventana, las horas lentas y la sonrisa de Julia, como un agua serena. Llegará un día en que seré fuerte como antes. Un día en que los seres y las cosas ya no serán eterna pregunta sino certeza, respuesta.

JEANNETTE.- Sí, querido.

FREDERIC: ¡Ah, me he preguntado demasiadas cosas en estos ocho días! ¡Qué las cosas hablen de si mismas ahora! ¡No quiero preguntar nunca nada más!

JEANNETTE.- Todo será como usted quiere. Tenga paciencia.

FREDERIC:(pregunta de pronto sin moverse). - ¿Por qué no la encontré la noche que volví? (JEANNETTE hace un pequeño gesto cansado sin responder.) ¡Había envuelto su herida con mi pañuelo! La tomé en mis brazos. Le dije: "Le creeré siempre". Usted me dijo que me quería.

JEANNETTE. - No debió dejarme sola.

FREDERIC: Julia iba a morir.

JEA~TTE. - Sí. Y era muy razonable y muy bueno ir en seguida, pero era precisamente ese instante de la vida en que las cosas razonables y buenas ya no son absolutamente justas.

FREDERIC: - Ella acababa de envenenarse por nosotros.

JEANNETTE. - Era justo el instante en que no debía dejarme.

FREDERIC: - ¿Por qué?

JEANNETTE. (con una sonrisa triste). - Siempre pregunta por qué. ¿Cree que yo lo sé?

FREDERIC.- ¿Pero usted me quería?

JEANNETTE. - Lo adoro todavía.

FREDERIC:. - ¿Y bastó que aquel hombre entrara?

JEANNETTE. - No, pobre. Usted le concede mucho prestigio... A ese hombre lo llamé yo. Cuando entró, ya habla acabado.

FREDERIC: ¿Qué es lo que acabó?

JEANNETTE. (ojos cerrados). - Vuelve a empezar como un juez.

FREDERIC: (la toma de la muñeca). - ¿Qué es lo que acabó? Quiero saberlo.

JEANNETTE. (suavemente). - No porque me lastime encontraré mejor las palabras. Es el brazo herido, suélteme, por favor. (El la suelta.) Le explico lo mejor que puedo, pero para mí también es difícil. Lo que acabó, si usted lo quiere saber, es la certeza que habla en mi de merecerlo más que cualquiera. Acababa de cortarme las venas y veía correr mi sangre por usted y estaba orgullosa. Usted hubiera podido decirme que saltara por la ventana, que me metiera en el fuego: lo habría hecho. Podía ser siempre pobre con usted, ser siempre fiel. La única cosa que no podía, era dejar de sentir sus manos sobre mí.

FREDERIC.- ¿Por qué me dejó salir?

JEANNETTE. - Era ya demasiado tarde. En el momento justo en que su mano se separó de mi... dejé de ser la más fuerte.

FREDERIC:. - ¿Pensó que yo volverla?

JEANNETTE. - Si. Pero ya no tenía nada verdadero que darle. No podia ser su amante y mentirle después como a los otros. Muerta o viva, Julia hubiera sido más fuerte que yo en el fondo de su corazón. Después que hubieramos hecho el amor, ¿qué nos íbamos a decir?

FREDERIC.- Usted podía huir, entonces, sin llamar a ese hombre.

JEANNETTE - ¿Sola?

FREDERIC.- Si.

JEANNETTE. - - No sé quedarme sola. Y además estaba segura de que Julia no se moriría y de que usted acabaría por casarse con ella. Por eso yo queria casarme primero.

FREDERIC:, - ¿Por qué?

JEANNETTE. - Para hacerlo sufrir.

FREDERIC: - Sufro. ¿Está satisfecha?

JEANNETTE. - No. Cada herida que le hago, me la hago yo también. Y si muere de esa herida, de ella moriré también.

FREDERIC: - ¿Qué puedo hacer para no verle esa mirada perdida? ¿Qué puedo hacer para tener el derecho de respirar y de vivir mañana sin esa mirada de reproche, en el fondo de mi mismo?

JEANNETTE (suavemente). - No hay nada que hacer.

FREDERIC: - Quiero creerla y comprenderla con todas mis fuerzas, pero dé usted un pasito también. No le pido que sea razonable, le pido tan sólo que no se encierre en ese pequeño reino de oscuridad donde nadie puede alcanzarla. Siento que su secreto se me desliza como el agua entre los dedos. Pero quizá pueda aprender aunque no comprenda muy bien. Trate usted de hacer lo mismo, se lo suplico.

JEANNETTE. (sonríe). - No. Además había venido a decirle que la misma noche en que le prometí casarme con él, fui otra vez de ese hombre. Soy débil y cobarde, como antes. He vuelto a ser la mentira, el desorden, la pereza. ¡He vuelto a ser todo lo que usted odia y ya no puedo ser su mujer nunca! (Se detiene y agrega) Pero si quiere, para que de todos modos esto haya durado para siempre lo que puedo esta noche... es morir con usted.

FREDERIC.- No. Es demasiado cobarde, hay que vivir.

JEANNETTE (dulcemente). - Con todo nuestro horror a cuestas, hasta ser muy viejos y feos, y reventar al fin en la cama, sudando y debatiéndonos como bestias. (Pausa. Se escucha el mar embravecido.) El mar es tan limpio con sus grandes olas que lo lavan todo.

FREDERIC.- - No. (Un silencio; añade.) El mar no es limpio con sus millares de cadáveres. La muerte tampoco Todo ese horror y todos esos gestos de la muerte ¿para qué? Para nada. La vida es nuestra aventura grotesca. Hay que vivirla. La muerte también es absurda. (La orquesta vuelve a empezar a lo lejos. )

JEANNETTE. - Entonces vuelvo para bailar. Estarán esperándome allá. (Le grita de pronto.) Discúlpeme por haber venido. (Y desaparece. JULIA aparece inmediatamente, seguida por LA MADRE. Frederic no se ha movido.)

JULIA. - ¿Estás listo?

FREDERIC: Sí. Ven. (Va a ayudarla a bajar.) Hace frío afuera.

LA MADRE. - Tengo una manta para ella.

FREDERIC:. - Me dijo el chofer que la marea ha subido y el mar está bravo. Pero que tomaremos un camino nuevo y no hay peligro. Estaremos en casa antes de la noche.

LA MADRE. - Su padre y su hermano deberían estar presentes para despedirla. ¿Pero sabe dónde están? En la taberna.

JULIA. -Prefiero no volver a verlos. (Van a cruzar la escena hablando. Frederic se detiene y mira por última vez la habitación.)

FREDERIC:¿No olvidas nada aquí?

JULIA (deteniéndose le pregunta de pronto). - ¿Y tú?

FREDERIC:(sencillamente, mirando a lo lejos.). - No traje nada cuando vine. (Salen. Lucien surge como un diablo de la cocina y les grita como un loco, haciéndoles ridículos gestos de adiós encaramado en el canapé .)

LUCIEN - ¡Viva la novia! ¡Muchas felicidades! ¡Viva la novia!

EL PADRE (entra como una tromba). - ¿La viste?

LUCIEN - ¿ A quién?

EL PADRE. - A Jeannette.

LUCIEN ¿Dónde?

EL PADRE. - Allá. Metida en la playa. (Lo obliga a volverse; Lucien mira y no dice nada. EL PADRE, que mira.) ¿Qué quiere?

LUCIEN (suavemente). - Tomar un baño

EL PADRE. - ¿Con el vestido de boda?

LUCIEN - Con el vestido de boda.

EL PADRE. - ¡Pero la marea está muy alta, se puede ahogar!

LUCIEN - Conoce la bahía mejor que tú.

EL PADRE (grita). - ¡Eh! ¡Jeannette! ¡Eh! ¡Jeannette! ¡Dios Santo!

LUCIEN.- Ella corre. No te oye con el viento. Y además aunque te oyera, está perdida, papá, está perdida mi hermanita.

EL PADRE. , ¿Qué estás diciendo? ¿Tú crees que...

LUCIEN.- Estoy seguro.

Aparece JEANNETTE a un lado de la escalera. Luces sobre EL PADRE y LUCIEN a ambos lados de la escena. Julia y la madre, muy graves, bajo una luz al fondo de la escena.

EL PADRE (corre en `seguida). - ¡Maldita sea! ¡Hay que hacer algo! ¡Es necesario hacer algo! ¡Ven! Trae unas sogas. Vamos a pedir socorro al castillo.

LUCIEN (lo detiene). - No.

EL PADRE. - ¿Cómo no?

LUCIEN .-Te digo que no hay que hacer nada. ¡Déjala! Además le haces un favor.

EL PADRE- ¡Eres un monstruo! ¡Voy allá! Espera, mira... ¡Es Frédéric!

Frederic entra al otro extremo.

¡La vio desde el camino, saltó del carro! ¡Vamos! ¡Eso es un hombre! Entra en el agua... esas malditas olas son un infierno. No la alcanzará...

LUCIEN .-(se acerca y dice despacito). -Sí la alcanzará.

Comienzan a correr uno hacia el otro hasta el tope de la escalera.

EL PADRE: ¡La alcanzó! ¡La alcanzó! Si nadan hacia el muelle, saldrán del oleaje. Pueden agarrarse del muelle. Pueden salvarse. ¡Jeannette lo sabe, seguramente lo sabe! Es la última posibilidad que les queda... ¿Pero qué hacen?

LUCIEN - Se hablan.

EL PADRE. - ¡Las olas se los van a tragar! ¿Alguien no va a salvarlos? ¡Yo soy demasiado viejo! ¡No es el momento de hablar, carajo! (Les grita, grotesca, con las manos en altavoz.) ¡No hablen más! ¡Salganse del mar!

LUCIEN.- Déjalos hablar mientras puedan. Tienen cosas que decirse.

Frederic y Jeannette están besandose sobre la escalera.

Y ahora ves lo que hacen, ¿lo ves? Se besan. Se besan con el mar golpeándolos con fuerza.

EL PADRE (aúlla, intentando desprenderse). - ¡Las olas, las olas, maldición! (Grita, ridículo, impotente.) ¡Cuidado con las olas!

LUCIEN Están uno en brazos del otro y sólo les queda un minuto.

EL PADRE (Se suelta al fin y sale gritando). - No...

La marea se lleva a Frederic y a Jeannette. Julia y La Madre desaparecen.

LUCIEN (Lucien solo, se sirve un vino. Sigue mirando el mar a lo lejos, inmóvil.) Amor, triste amor, ¿estás contento? Querido corazón, querido cuerpo, querido romance. ¿No tienes oficios que desempeñar, libros que leer, casas que construir? ¿Acaso no es bueno también el sol sobre la piel, el vino fresco en el vaso, el agua del arroyo, la sombra a medio día, el fuego en invierno, la lluvia, y el viento, y los árboles, y las nubes, y las bestias y los niños antes de que se pongan demasiado feos... Triste amor, di, ¿acaso todo no es bueno también? Y tú... ¿Estás satisfecho? Así tenía que ocurrir todo. Sin embargo les dije que a ti no te gustaba eso. (Una pausa. Se sirve otro vaso.) Discúlpame Señor, pero tú das sed. (Vacía el vaso de un trago. El cartero aparece.)

EL CARTERO. - ¡Niños! ¡Niños!

LUCIEN- ¿Es para mi, por fin, esta vez? (Arranca la carta de las manos del viejo, la abre febrilmente, echa un vistazo y, sonríe... metiéndola en el bolsillo va a salir.)

EL CARTERO :¿Es la carta que esperabas, niño?

LUCIEN (se vuelve y le dice suavemente). Ya no hay niños aquí, cartero. Adiós. (Le da una palmadíta amistosa y se hunde en la tarde sin volverse.

FIN

Caleta, 25 de sept.2000